Del verde al cielo, pasando por el infierno de Auschwitz

Años antes de que el siglo XIX diese por concluido, Alemania vería nacer a uno de esos futbolistas que, mediante su llamativa habilidad con el balón pegado a los pies, marcarían un antes y un después en el devenir del fútbol del país. Hablamos de Julius Hirsch, de origen germano y séptimo hijo de una familia de comerciantes judíos. Julius fue un hombre al que precisamente el hecho de ser judío, le terminaría causando excesivos estragos en su vida personal y, consecuente e inevitablemente, en su propia carrera futbolística. La situación de Alemania en aquel entonces, en la que el antisemitismo comenzaba a asentarse de una manera peligrosamente generalizada, fue su principal némesis.  

Siendo aún muy joven, con tan solo 10 años, se enroló en las filas del KFV para formar parte de sus categorías inferiores, un equipo humilde de la localidad de Karlsruhe. Lo que empezaba siendo  diversión terminó convirtiéndose en vocación. Y es que aquí comenzó a desplegar todas sus condiciones y su determinación en los distintos verdes del país teutón. Su potencial no pasó desapercibido, ni mucho menos, y poco o nada tardó en ser ascendido al primer equipo. Con la friolera de 17 primaveras ya tenía un puesto titular en el primer equipo, jugaba y disfrutaba haciéndolo, cada día se sentía mejor y muchos se preguntaban hasta dónde llegaría este joven. Y es que este “chaval” ya comenzaba a competir a nivel profesional por todo el país.  

Su carrera comenzaba a crecer a pasos agigantados. Los ingredientes ya estaban sobre la mesa, y parecían ser los correctos para alcanzar el éxito. De la mano del alemán, el KFV se proclamó campeón de la liga alemana, un hito que únicamente ha sucedido una vez en toda la historia del club. La notoriedad de Julius ya superaba las fronteras de Karlsruher, y la brillantez de su fútbol se hacía oír en prácticamente toda Alemania. Sus días en el club de su infancia parecían haber llegado a su fin, y, como era de esperar, nuevos retos se irían abriendo a su paso.

sentados

El primero, uno de los galardones con el que todo deportista sueña: ser convocado para formar parte del combinado nacional. Él lo logró a los 19 y, hasta que tuvo lugar la Gran Guerra (entre 1911 y 1914), representó a su país hasta en 7 ocasiones. Un hecho más que considerable ya que, dejando su juventud en su segundo plano, entonces las convocatorias eran mucho menos asiduas. Pero todavía tenía más retos por afrontar. En 1913 el Greuther Furth se hace con sus servicios y el futbolista alemán no iba a decepcionar a sus nuevos seguidores.

Gracias a esa exquisita zurda que tanto le caracterizaba, a ese poderoso ímpetu con el que peleaba cada balón como si fuese el último, y a esa eléctrica velocidad con la que acostumbraba a dejar rivales a sus espaldas, logró obtener, también, el único título de liga que el nuevo club en el que se encontraba había conseguido y conseguiría en toda su historia. Acababa de entrar en ella, convirtiéndose en el primer futbolista alemán en ganar por partida doble, pero defendiendo colores distintos, el título de campeón de liga. Las cosas parecían no poder ir mejor y las brillantes líneas que dibujaban su carrera futbolística aparentaban estar ya escritas. Pero, tristemente, un día todas esas líneas decidieron borrarse.

Ese día fue el día en que estalló, como la he llamado antes, la Gran Guerra, o I Guerra Mundial, cualquiera de las dos es válida; el caso es que, debido a este acontecimiento, Hirsch se vio obligado a defender a su país en el campo de batalla. Consiguió sobrevivir, e incluso, una vez concluido el bélico evento, llegó a ser galardonado con la Cruz de Hierro al mérito militar. Había sobrevivido a la guerra, pero el parón de cuatro años había truncado su odisea por el deporte rey.

jugando

Frustrado en lo deportivo regresa al club de toda su vida, el KFV, para jugar y divertirse hasta que sus días como futbolista pasasen a mejor vida. Allí era feliz y se mantuvo como jugador hasta el año 1925, momento en el que, con 33 años, decide colgar las botas y, manteniéndose en la dirección del equipo, seguir vinculado al mundo del fútbol. Podía hacerlo, es decir, en aquel momento su condición de judío no le impedía trabajar en un lugar concreto o desempeñar algún tipo de función social. Pero en 1933, con la llegada de Adolf Hitler al poder alemán, las cosas cambiarían de manera drástica.

El Führer ordenó que todos los equipos del sur de Alemania expulsasen de sus filas a todo perteneciente, o fuese sospechoso de pertenecer, a la comunidad judía. Representaban una seria amenaza para Hitler, y Julius Hirsch, por esa mera condición, lo era también. Así pues, exiliado de su club, se vio obligado a buscarse la vida lejos del mundo del fútbol, viajando por toda Europa en busca de algún trabajillo que le otorgase algo de dinero para vivir.

Su vida ya se había echado a perder, y parecía no haber vuelta atrás. Con la Segunda Guerra Mundial en pleno esplendor y el antisemitismo alemán en su máximo auge, es capturado por las S.S. y llevado al campo de concentración más temido del Holocausto nazi: Auschwitz, donde nunca más se volvió a saber de él. Allí murió, y con él todo el fútbol con el que un día deleitó a tantísimos alemanes durante sus años de máximo esplendor. El infierno de Auschwitz había sido su última parada en el tren de la existencia.  

@iggonzalezm  

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