El mayor ejemplo de superación

Corría 1995 cuando una mujer, Arancha Sánchez Vicario, se convertía en la primera mujer española en encabezar la lista de mejores tenistas del mundo. Paralelamente, ese mismo año, Braveheart saltaba a la gran pantalla. Producida y protagonizada por Mel Gibson, que encarnaba a William Wallace, un héroe patriota escocés que defendió a su nación en la Primera Guerra de Independencia de Escocia, fue galardonada con el Óscar a mejor película. En ella, el propio Gibson, dejó una frase para la historia  de la cinematografía: ¡puede que nos quiten la vida, pero jamás nos quitarán la libertad!

Sin llegar a niveles tan radicales, pues escenografía y situación divergen, sí que puede atisbarse algún tipo de paralelismo en el trasfondo. Hablamos de fútbol femenino, del ocaso en el que han permanecido durante tanto tiempo buscando una libertad que en muchos casos no ha estado en su mano. Ahora el ostracismo se ilumina de vida, de dependencia, de profesionalismo, de capacidad para mirar de tú a tú a quien se ponga delante. Se acabaron los tabúes, la inferioridad. La realidad femenina, aunque tarde, está aquí para quedarse.

La generación de futbolistas femeninas nacionales que estamos viviendo es espectacular. Y es que, aunque muchos se empeñen en situar el balompié femenino varios escalones por debajo del masculino, lo único que hacen es retrasar con palabras vacías un hecho totalmente constatable. Hoy en día, con el fútbol negocio instalado  como arma para obtener cualquier cosa, si cabe, gana más credibilidad la esencia, el jugar por ilusión, el disfrutar corriendo detrás de una pelota coleta o melena al viento, el arte sincero del que ha luchado contra tantas cosas por llegar a la cima. Cuanto más veo grandes fortunas moviendo personas, luchas de egos por convertirse en esa gran fortuna y poder mover personas, más me enamoro del fútbol de verdad, del de la calle, del realizado por puro amor a la pelota.

Es el fútbol femenino. Un pequeño gigante infravalorado que amenaza con arrasar todo lo que se ponga por delante. Pese que a muchos les cueste identificarse con él. La primera participación en un Mundial no fue más que la primera piedra de una gran construcción que con Jorge Vilda tomará la forma que ya tenían las categorías inferiores de nuestra selección gracias a su trabajo. Ahora hay unión, ahora existe una conexión entre las jugadoras y el seleccionador que las representa.

Hoy en día hay demasiados chicos jóvenes que sueñan con ganar cantidades desorbitadas de dinero, tener el mejor coche del mercado y permitirse cualquier capricho que se les antoje. Es la mayor diferencia, la diferencia de sueños, de cotas por alcanzar. Muchas de ellas sólo pretenden llegar a la élite aún a sabiendas que su élite, por mucho que se esté trabajando, sigue a años luz de la vida de cualquier futbolista profesional. Es lo que les hace grandes, el seguir luchando, buscar su libertad, levantar una voz que ya retumba con fuerza entre la soledad que tantas veces la ha acompañado.

Su mérito es descomunal. Viven por y para el fútbol sin tener el reconocimiento que merecen. Trabajar y jugar a fútbol. Algo que sólo se ve a partir de tercera división y en algún club de segunda división B entre los hombres. Algo que la mayoría de mujeres que juegan en la Superliga femenina hacen para poder practicar lo que más les gusta. El pegarse horas y horas en un autobús cruzando España. No hay presupuesto para más. No hay presupuesto que pueda pagar su amor por el fútbol. Ellas lo saben, aceptan y se enfundan el mono de trabajo sin rechistar. Es su vida. La que han elegido. La del sacrificio y la dedicación. Su manera de demostrar que ellas valen igual o más que cualquiera a quien se equiparen, que han llegado para quedarse, que ya no tienen por qué agachar la cabeza ante nadie.

@Adrimariscal

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