Robert Enke, depresión bajo palos

El deporte en muchas ocasiones puede ser un fiel reflejo de la propia vida. Una escuela donde aprender los principales valores éticos y morales, así como los comportamientos y las aptitudes necesarias para afrontar de la mejor manera nuestra existencia en este mundo. Y como en la vida misma, a veces pueden presentarse adversidades difíciles de superar, obstáculos que nos entorpecen el camino y que, desgraciadamente, escapan de nuestro control. Por ello, en la vida como en el deporte, debemos marcarnos nuestros propios objetivos, trabajar duro hasta conseguirlos, no rendirnos jamás ante las dificultades y buscar soluciones antes de tirar la toalla. Además, si compartimos el éxito (o el fracaso) con los demás, la recompensa será mayor y mucho más gratificante.

Cuando hablamos de deporte, y más concretamente de fútbol, solemos pensar únicamente en 22 jugadores, un terreno de juego, un árbitro y un balón. De su actuación en los 90 minutos dependerá nuestra afinidad o no hacia ellos, nuestra simpatía o nuestra animadversión y, en definitiva, la opinión que cualquier aficionado al balompié puede atesorar o compartir en el bar de la esquina. Sin embargo, a veces olvidamos por momentos que los futbolistas también tienen una vida fuera del campo. Tendemos a pensar que está llena de lujos, de champán, de mansiones, de modelos o de coches caros. Llegamos a pensar que no sufren,  que son de piedra, cuando en realidad sienten y padecen como cualquier otro ser humano.

La historia de Robert Enke nos hace replantearnos lo duro que puede llegar a ser ponerse bajo los palos cada fin de semana -con la presión constante de realizar una buena actuación- cuando tu cabeza es incapaz de dejarte actuar como realmente te gustaría y, lo peor de todo, que nadie se de cuenta de que estás siendo víctima de una enfermedad tan destructiva como lo es la depresión.

Enke Hannover 96

Robert Enke (Jena, RDA, 24 de agosto de 1977) creció, como otros muchos niños de la antigua Alemania Oriental, dándole patadas a un balón. Su pasión por el fútbol hizo que desde muy temprana edad comenzara a jugar en el equipo de su barrio, el SV Jenapharm. Robert era el goleador y uno de los mejores jugadores de campo, sin embargo, con 9 años, una decisión ajena a él marcaría lo que a la postre sería su futuro profesional. La familia del portero de su equipo decidió emigrar a Rusia, lo que suponía una importante vacante. Tras probar a todos los jóvenes bajo palos, las habilidades del pequeño Robert le valieron para ser el encargado de custodiar la meta del humilde conjunto alemán. Habilidades que no pasarían desapercibidas para el club más importante de la ciudad, el FC Carl Zeiss Jena, que lo ficharía poco tiempo después.

Una vez encontrado su sitio en la portería, ya nadie lo sacó de allí. Los años posteriores a la caída del muro de Berlín le sirvieron a Robert para demostrar en cada partido una seguridad y unos reflejos felinos que le llevarían rápidamente a ser el guardameta titular de la selección alemana sub-16. Su precoz talento y la serenidad que mantenía en el césped le valieron para debutar con 18 años en la 2. Bundesliga (la segunda división alemana). Era un portero excepcional. Paradas increíbles, muy ágil por arriba y con buen saque en largo. Sin embargo, había algo que fallaba en él: la seguridad en sí mismo. Un punto débil que llegaría a provocar que se encerrase una semana entera en casa tras cometer un fallo durante un encuentro -algo normal en un portero tan joven como él- o a suplicar entre lágrimas ser sustituido tras otro error. Y es que si había algo a lo que tenía miedo Robert era a fallar. Odiaba fallar.

Tras olvidar estos pequeños baches en una carrera que no acababa sino de empezar, daría el salto a la Bundesliga de la mano del Borussia Mönchengladbach. Allí se vería superado y relegado a un segundo plano por el veterano portero alemán Uwe Kamps. Dos años en los que la timidez y el temor a competir en la máxima categoría le hicieron incluso fingir una gripe para evitar concentrarse con el equipo. Comenzarían entonces los primeros síntomas de la temida depresión. Síntomas que Teresa, su novia de toda la vida, ya empezaba a notar en sus apáticos estados de ánimo.

Enke selección alemana

La lesión de Kamps y sus buenas actuaciones en los partidos en los que le era otorgada la confianza del entrenador -pese a los malos resultados cosechados por el equipo-, supusieron para él un gran escaparate al resto de Europa. Los grandes equipos del continente europeo se lo rifaban, siendo el Benfica de Jupp Heynckes el conjunto que finalmente logró hacerse con sus servicios durante el verano de 1999. Llegaba por tanto a Lisboa un chaval inexperto en cuanto a lidiar con los medios y con la fama, a un país extranjero que desconocía totalmente y a un club donde debía demostrar desde el primer día que no se habían equivocado fichándole. Esa inmensa presión pudo con él en un primer momento, pero logró rehacerse con la ayuda de su representante y amigo Jörg Neblung (una de las pocas personas que sabía lo que estaba sufriendo por dentro).

Sería en Portugal donde pasase posiblemente los mejores años de su vida, tanto personal como profesional. Así, se convirtió por méritos propios en uno de los héroes de la hinchada benfiquista. Incluso el mismísimo José Mourinho quiso ficharlo para su Oporto -tras entrenar con él durante cuatro meses en el Benfica-. Pero Robert no quiso irse a do Dragão (el máximo rival), sino que eligió el FC Barcelona, entonces bajo la batuta del holandés Louis Van Gaal y en plena regeneración de la plantilla culé. Sin la titularidad ni mucho menos asegurada, se disputaría un sitio en el once con otros dos porteros: Roberto Bonano y un jovencísimo Víctor Valdés. Para sorpresa de muchos, este último sería el elegido para jugar el primer partido oficial de la temporada 02/03 (la previa de Champions contra el Legia de Varsovia). Desde entonces, la confianza de Robert se esfumó.

Poco tiempo después llegaría su oportunidad en la Copa del Rey, ante el Novelda y a partido único. Las sensaciones fueron malas desde que puso el pie en el autobús rumbo al estadio y se hicieron evidentes durante el partido. El pánico a fracasar se acabó tornando en una actuación nada acertada y que acabó con el equipo encajando tres goles y siendo eliminado en primera ronda ante un Segunda B. Las portadas del día siguiente titulaban Enke firma su sentencia’. Para más inri, su propio compañero de equipo Frank de Boer le criticaba abiertamente y sin tapujos en rueda de prensa. Apenas llevaba dos meses en Barcelona, y su sensación era la de estar viviendo una auténtica pesadilla. Al mismo tiempo, empezó a ser tratado por un psiquiatra. Es entonces cuando vuelve a tener una recaída, sus ánimos están por los suelos y se encuentra totalmente hundido. 

Enke Barcelona

Tras ser descartado por el Barcelona y con un sentimiento irremediable de fracaso, Robert fue cedido al Fenerbahçe turco. Pero nada podía ir peor para sus intereses. En el primer partido con su nuevo club cae por 0-3 en casa y la grada la toma con él, insultándole y arrojándole diversos objetos. Era imposible que pudiese levantar cabeza. Solamente tres semanas después de llegar a Turquía, decide cortar inmediatamente la cesión y volver a Barcelona, donde no podría jugar con ningún club hasta Navidad. Durante varios meses alternó sesiones en el psiquiatra con entrenamientos en solitario. Y cuando parecía que su carrera deportiva tocaba fondo -siempre con la opción de la retirada en mente-, decidió aceptar la oferta del Tenerife el último día de mercado. Fue un soplo de aire fresco. En las islas Canarias volvería a sentirse futbolista.

Poco duraría su andadura con los chicharreros ya que en junio de 2004 la posibilidad de volver a su país natal y enrolarse en las filas del Hannover 96 era una oportunidad difícil de rechazar. Por otra parte, el nacimiento de su hija Lara hizo que “volviese a la vida” con más ganas que nunca. Pese a que la pequeña llegó al mundo con una grave malformación congénita en el corazón, la sonrisa volvía a aparecer en el rostro del cancerbero alemán. Más aún cuando en su primera temporada en Hannover es nombrado como mejor portero de la Bundesliga, por delante de un mito como Oliver Kahn. Todo iba sobre ruedas para él, no había rastro de la depresión que le había atormentado durante tanto tiempo.

Pero el 17 de septiembre de 2006 ocurriría la peor derrota posible, muchísimo peor que cualquier gol encajado en su carrera como futbolista. Ahora era la propia vida la que le castigaba cruelmente. Tras cuatro operaciones en apenas dos años de vida, la pequeña de los Enke fallecía. El meta, apoyado fundamentalmente en su mujer y en su psiquiatra -al que seguía acudiendo en secreto-, consiguió volver a enfundarse los guantes tan sólo seis días después de tan terrible pérdida. Elegido capitán del equipo al año siguiente y con la mente puesta en llegar a ser el portero titular de la selección alemana, estaba en la obligación de reponerse del duro golpe sufrido y volver a demostrar sus cualidades debajo de los tres palos. 

Enke y su hija Lara

Y con trabajo acabó lográndolo. Con casi toda seguridad ocuparía la portería de la Mannschaft en el Mundial de Sudáfrica 2010. Pero aún faltaba un año para eso. En cuanto a su vida familiar, la adopción de una niña llamada Leila buscó llenar el vacío dejado tras el fallecimiento de Lara. Algo harto complicado para Teresa y para él. “Ojalá pudieras entrar en mi cabeza” le dijo en alguna ocasión a su mujer. La depresión volvía entonces a él más fuerte que nunca, y ahora con un nuevo y preocupante síntoma: la idea del suicidio. Pese a esto, nunca quiso renunciar al fútbol. Era su gran dilema: seguir ocultándolo y poder ser el guardameta titular en el Mundial o reconocer que estaba enfermo y renunciar a su sueño. Las dos opciones no eran posibles simultáneamente.

A finales de 2009, una supuesta infección vírica -que en realidad se inventó- le apartó de los terrenos de juego durante más de dos meses. Cuando volvió, y para su sorpresa, el seleccionador alemán Joachim Löw le había dejado fuera de la convocatoria para los amistosos ante Chile y Costa de Marfil. Un duro golpe que supuso el detonante para tomar la decisión con la que disputó su último partido como futbolista, contra el Hamburgo el sábado 7 de noviembre.

Tres días después, el 10 de noviembre de 2009, fue el día elegido por Robert. Tras hablar con Teresa durante el mediodía y decirle que iría a entrenar con el preparador de porteros por la tarde, apagó su móvil. Sin embargo, aquel día el equipo tenía programado un descanso. Los peores temores fueron confirmados. Robert Enke había decidido acabar con su vida arrojándose a las vías del tren en un paso a nivel cercano a la localidad de Neustadt am Rübenberge. El sufrimiento para él, por fin, había acabado.

Enke capilla

Su suicidio causó una gran conmoción en el fútbol alemán y mundial. Las palabras de Teresa durante la conferencia convocada al día siguiente desvelaron el secreto que habían estado ocultando durante tanto tiempo por miedo al rechazo. Sin duda, un gesto que a posteriori ha ayudado a muchos deportistas que han sufrido o sufren este tipo de enfermedades psicológicas en las que no hay evidencias claras y donde la mejor salida es hacerlo público.

Durante años se ha pensado que la élite del deporte estaba formada por gente atlética, sana, casi inmortal, incapaz de sentir o de flaquear en los momentos más difíciles. Pero no es ni mucho menos así. Antes que deportista, se es persona. Con ideas, sentimientos y emociones como cualquier otro ser humano. La historia de Robert Enke nos demuestra que en ocasiones, a pesar de tener prácticamente todo en la vida, nuestros problemas -más aún si no los expresamos- pueden llegar a ser más fuertes incluso que las ganas de seguir viviendo. Y es que Robert Enke era un futbolista demasiado humano para un mundo tan competitivo.

Enke rosa

@Diego_Alonso23

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