Cuando España descubrió la magia de cabalgar olas: La historia del surf en nuestro país

Por: Aida Cima López

Corre el año 1963. En Estados Unidos, el surf está en pleno auge. Se empieza a utilizar espuma de poliuretano y fibra de vidrio en la fabricación de las tablas, que se acortan y se hacen más ligeras y manejables. Jóvenes con melenas rubias quemadas por el sol, torsos desnudos y una tabla bajo el brazo, inundan las playas de California. El cliché que ahora nos venden en los anuncios de televisión era real y natural en aquella década. Los Beach Boys, buque insignia de la música surf, sacan a la luz “Surfin USA”. Ese disco, con una ola enorme surcada por un surfista en su portada, llega a Asturias y cae en manos de Félix Cueto. Es la semilla del surf en nuestro país.

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Félix tenía 16 hermanos, entre ellos, había una azafata. Fue ella quien le trajo el disco de uno de sus viajes. Nada más ver la portada, Félix le dijo a su amigo Amador Rodríguez: «Eso se puede hacer aquí». Y “aquí” era Asturias. Con mucha inventiva y la única referencia de las imágenes que llegaban de América, Cueto fabricó la primera tabla de surf en España. El experimento no surtió mucho efecto ese primer año. La tabla pesaba demasiado, tenían que bajarla entre los dos a la playa, y lo que conseguían hacer encima de ella, poco tenía que ver con el surf. Pero al año siguiente, las cosas cambiaron. Félix había fabricado otra tabla durante el invierno siguiendo las indicaciones de la revista “Mecánica Popular”. La probaron en Salinas (Asturias) y fue Amador quien, después de coger varias espumas y zamparse unos cuantos revolcones en el agua, consiguió surfear una ola en paralelo a la playa. «¡Cabrón! ¡Eso es el surf! ¡Eso es el surf!», le gritaba Cueto desde la orilla. Así lo cuenta Amador en “La primera ola”, el documental sobre la historia de este deporte realizado por Pedro Temboury, que se estrenó el 26 de junio en San Sebastián y que ya se ha emitido en varios festivales de surf, entre ellos el “Salinas Longboard Festival” celebrado el pasado mes de julio.

La mayor peculiaridad de la llegada del surf a nuestro país es que no nació en un punto concreto del que se extendiera a los demás, sino que comenzó a practicarse en varias zonas de forma casi simultánea, habiendo sido Cueto el pionero en el Cantábrico. Durante toda una década, desde 1963 hasta 1970, la iniciativa de varios jóvenes locales estableció varios focos de expansión: el Cantábrico, concretamente en Galicia, Asturias, Cantabria y País Vasco; el Atlántico canario; el Atlántico andaluz, Cádiz principalmente; y el Mediterráneo andaluz, en Málaga. En el viaje a través del tiempo que hacemos con este reportaje, nos centramos fundamentalmente en los orígenes del surf en el norte de la península, reconociendo también el papel de las primeras mujeres surfistas de nuestro país.

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En Santander, Jesús Fiochi quedó prendado de la magia de cabalgar olas tras ver un documental en 1965. Su primera tabla llegó desde Bayona (Francia), la había encargado a una fábrica de planchas llamada Barland. Con la tabla y un traje de buzo, porque de aquella no existían los neoprenos, la playa de El Sardinero le vio remar y coger una ola sin romper por primera vez. Fiochi mantenía contacto con Félix y en alguna ocasión surfeó en playas asturianas. Era raro en aquella época porque según cuenta Nito Biescas, pionero en Zarautz, en el documental: «Hasta 1969 éramos como islitas. Salvo los hermanos Fiochi que podían viajar, el resto no nos conocíamos». Biescas entró al mar con su tabla por primera vez en 1967 y fue el encargado de organizar el primer campeonato de surf en la zona. El Cantábrico ya se había contagiado irremediablemente no solo de ese deporte exótico sino también de todo un estilo de vida. La filosofía de la despreocupación, solo mar, arena y salitre. Si acaso una Volkswagen T1 o T2, para poder desplazarse y acampar en tierra de nadie durante días interminables de olas y nada más. Estadounidenses y australianos se dejaban ver por el Cantábrico. Como ejemplo, tenemos la llegada de los hermanos australianos Peter y Robert Gulley —en la foto inferior, los dos de la izquierda, con Collin Nielsen, John Ford, Toño Alonso y Toni Farelli— al municipio asturiano de Tapia de Casariego, muy importante para la consolidación del surf en la zona. Los locales alucinaban con su surfing y hacían lo imposible por comprarles los materiales, tan difíciles de conseguir. «Hay anécdotas increíbles con el tema de la parafina. No había. Entonces teníamos varias opciones, o robar los cirios de la Iglesia o robar la parafina de Telefónica», explica Toño Alonso, uno de los padres en el norte, en una entrevista del programa “Surfin Asturias”.

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En todo este contexto, el mayor mérito se lo llevan las mujeres que se atrevieron a romper esquemas y estereotipos para subirse a la ola de este deporte en una sociedad conservadora como era la española en aquellos tiempos. Aquí las referencias son escasas y algo inexactas. Los inicios del surf femenino en España se remontan a 1964. “Nena”, Salud Guitérrez Ozámiz, es considerada como la primera surfista española. Comenzó sus andaduras en el surf junto a sus hermanos menores en la playa de la Cortadura, pero pronto abandonó el deporte. La imitaron Mari Carmen Fernández y Paloma Calvo Clavero. En Zarautz, destacó a finales de los 60 Isabel Vidarte, y en los 70, lo hicieron Teresa Martínez-Albornoz, Almudena Gallo, Pilón Torrente y Pilar Taronji. Todas ellas participaban en el campeonato organizado por Biescas. En Vigo, Ángeles Vega formaba parte del grupo de pioneros del surf de Galicia, los “surfineiros”, que comenzaron a practicarlo en 1969. En Málaga, Josefa Almoguera, “Pepa”, perteneció al Málaga Surfing Club, fundado por su hermano en 1974. También destaca en la zona Mónica Esteban y, especialmente, Ana Teresa Fisher, la primera surfista total dedicada en vida a este deporte y que hoy es propietaria de la tienda Top Surf en Fuengirola. Hay muy poca información sobre mujeres surfistas entre los pioneros de la década de los sesenta en Asturias. Recogemos aquí algunos nombres recopilados por la revista especializada 3Sesenta: «Por  el momento, solo se ha podido recabar información del club Peñarrubia,  fundado en 1967, y que en 1973 constaban como miembros del club y federadas en la SNS: Rita Cifuentes, María Mar Ramón Guerrero y Ramira Riña». En Canarias, debemos irnos a mediados de los setenta con  Mari Nieves en Las Palmas y Mariví Navarro en Tenerife. Finalmente, en Cantabria, Laura Revuelta abrió la puerta al surf femenino en 1971 cuando se unió al club Sardinero. Junto al surfista santanderino Zalo Campa, Íñigo Letamendia y Marian Azpiroz, fundó la segunda tienda de surf de España en Zarautz, Gerómino Surf Shop. Más tarde abrió en Cantabria la tienda “Xpeedin” y desarrolló una intensa actividad de promoción del surf con la organización de campeonatos, jugando un papel fundamental en la creación de la Federación Cántabra de surf en 1991.

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«Vivíamos todo el invierno en furgonetas. Me acuerdo que una vez le dije a mi madre: ‘Pero, ama, se puede vivir así’. Y ella me respondía: ‘¿Qué diría la gente?», rememora Marian en el documental. Podríamos aventurar la respuesta a esa pregunta, probablemente un «¿y a quién le importa lo que diga la gente?», pues según Azpiroz: «Era la época hippie, cuando los jóvenes empezaron a tener protagonismo, a ver que se podía vivir de otra manera, rompiendo las reglas establecidas». Ella y su marido Íñigo vieron una oportunidad en la propuesta de Raúl Urbin y Carlos Beraza de alquilar un caserío en Loredo (Cantabria), Casa Lola, para manufacturar tablas de surf. Nació así la primera fábrica de tablas en España, “Tablas de Surf Santamarina”, los orígenes de “Pukas”. Como anécdota destacamos que el brasileño Gabriel Medina ganó el mundial del año pasado con una de sus tablas.

Cincuenta años después de que se cabalgara la primera ola en las playas del Cantábrico, la comunidad de surfistas profesionales no ha parado de crecer: los hermanos Acero, Jonathan González, Aritz Aranburu, Gony Zubizarreta… Nombres con muchos méritos a sus espaldas y una historia que merece ser contada.

@aidacilo

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