Ivano Balić, el ‘Mozart’ del balonmano

Es indudable que algunos deportistas de élite nacen con unas cualidades innatas que les diferencian radicalmente de los demás. Unas características muy particulares que les permiten hacer cosas impensables para el resto de mortales. No hablamos de cualidades físicas -que también-, sino de un talento inherente, una mente privilegiada o una versatilidad en sus movimientos capaz de motivar a cualquier aficionado a pagar una entrada para disfrutar solamente de su juego. Como si hubiesen sido tocados por una varita mágica, la calidad que atesoran estos ‘ilusionistas’ (casi siempre ligada a una marcada vocación personal) hace que los adjetivos para referirnos a ellos se nos acaben con relativa facilidad. Quizá no sean los más rápidos ni los más fuertes, ni siquiera los que más halagos reciben por parte de los medios de comunicación, pero su sola presencia en el terreno de juego hace que un mero deporte sea concebido como un verdadero espectáculo.

Si hablamos del deporte ‘rey’, de sobra serán reconocidas estas facultades en futbolistas de la talla de Zinedine Zidane, Ronaldinho, Andrea Pirlo o más recientemente Andrés Iniesta, entre muchos otros. Los que prefieren una cancha de baloncesto seguro que estarán de acuerdo en que el apodo de “Magic” no es infundado cuando hablamos del famoso base de Los Ángeles Lakers. De la misma forma que en el mundo de la raqueta hace tiempo que un tal Roger Federer demostró que las clases magistrales también pueden impartirse en la hierba de Wimbledon. Si vamos un poco más allá, si analizamos un deporte de una entrega, tesón y esfuerzo igual o incluso mayor que la de los mencionados, el balonmano dignificó enormemente a un descomunal central croata por encima del resto: Ivano Balić.

Croacia

El año 1979 fue uno de los más importantes en la historia de la maravillosa ciudad costera de Split, situada en el centro de Dalmacia (lado occidental del sur de Croacia). Su magnífico entorno, bañado por la costa del mar Adriático, fue uno de los principales motivos por los que el antiguo puerto pesquero fue el encargado de albergar los VIII Juegos Mediterráneos. De esta manera, tal evento multideportivo coincidiría con un reconocimiento cultural sin precedentes en el país balcánico: el núcleo histórico de la ciudad -en el que se encuentran los vestigios del Palacio de Diocleciano- era declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Por si fuera poco, el 1 de abril de ese mismo año llegaría al mundo el que en un futuro sería considerado para muchos entendidos como ‘el mejor jugador de balonmano de todos los tiempos’.

Como la mayoría de niños de Split, en su infancia practicó otros deportes como el fútbol o el baloncesto antes de decantarse definitivamente por su verdadera pasión. La canasta fue lo primero que llamó su atención desde muy pequeño. Su interés por la NBA y en especial la gran devoción que sentía por los Boston Celtics (liderados por el genial Larry Bird) hicieron que decidiera probar suerte en el parqué hasta los 15 años. Precisamente jugando como base en las categorías inferiores del KK Split -máximo exponente del baloncesto croata en la década de los 90- fue donde más aspectos técnicos y tácticos adquirió para su formación posterior. Sin embargo, el hecho de haber nacido en el seno de una familia tan unida al balonmano le motivó finalmente a cambiar los aros por las porterías. Sus padres eran profesionales del allí denominado ‘rukomet’ y eso supuso que para su propio beneficio heredase lo mejor de cada uno.

Tras dar sus primeros pasos en el humilde RK Split de su ciudad natal, comenzó su andadura en la liga croata enrolándose en las filas del RK Metković. Tendría por aquel entonces poco más de 20 años y ya se podía intuir sutilmente que ese chico era un diamante en bruto que necesitaba ser pulido. Sus movimientos con y sin balón eran un suplicio para las defensas rivales, su visión de juego era extraordinaria y la multitud de recursos que empleaba a la hora de lanzar, sumado a su gran precisión en el pase, le convertían en un jugador capaz de ganar él solo un encuentro con una genialidad en el momento más determinante del partido.

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Pero su carrera no se detuvo ni muchos menos ahí. El Campeonato del Mundo logrado por la selección nacional croata en 2003 fue un aliciente más para que el ahora extinto Portland San Antonio de Pamplona se interesase en incluirlo en su magnífica plantilla. Cuando grandes equipos de Europa se lo rifaban, él lo tuvo claro. Quería compartir vestuario con el que había sido durante años su mayor ídolo, Jackson Richardson. Y es que pese a un primer año fuera de casa bastante duro, el aprendizaje al lado de un ‘monstruo’ como el habilidoso central francés y la Liga ASOBAL conquistada frente a todo un Barça hicieron que su crecimiento fuera imparable. Según sus propias palabras: “Llegué como un niño y salí como un hombre”. Sin duda en Portland pasó los mejores años de su carrera y deslumbró al mundo con su juego estético e imaginativo.

El apodo de ‘Maravilla’ que le puso el periodista Luis Miguel López no era para nada infundado. Verle jugar era una verdadera maravilla: fintas imposibles gracias a su gran tren inferior, lanzamientos de cadera o en rectificado, ágil armado de brazo, pases con denominación de origen y una muñeca flexible que tenía en las inverosímiles roscas su seña de identidad. Pero lo que más caracterizaba a Ivano era su personalidad. La apariencia algo descuidada que mostraba, su aspecto aparentemente tranquilo y sosegado en el 40×20 (llegando incluso a parecer apático) y esa sonrisa descarada y vacilona engañaban con facilidad al espectador, que veía como todo esto se tornaba en ferocidad y hambre de victoria cuando el ‘genio’ de los Balcanes recibía el balón en la línea de 9 metros y se colocaba bien su habitual cinta.

Como un depredador insaciable, su objetivo era llevar a cabo el mejor de los ataques posibles para, acto seguido, volver a su guarida en el banquillo hasta el momento en que se necesitase de nuevo de sus habilidades para realizar una  veloz ‘cacería’. Y es que la defensa no era el punto fuerte del a veces díscolo jugador croata.

Tras conseguir todos los MVP de los torneos internacionales (mundiales y europeos) en el periodo 2003-2007, así como la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Atenas en 2004, Ivano Balić decidió volver a competir en su país. Esta vez sería el RK Zagreb quien disfrutaría del que fue considerado por parte de la IHF como Jugador del Año en 2003 y 2006 (algo que solamente han logrado Talant Dujshebaev y Nikola Karabatić). Bajo su batuta el club ganó cuatro ligas y cuatro copas de forma consecutiva, al mismo tiempo que el combinado balcánico aumentaba un poco más su palmarés con un meritorio bronce en los Juegos Olímpicos de Londres. La trascendental cita olímpica se había convertido en una competición fetiche para él, llegando incluso a ser el abanderado en la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín (2008).

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En el verano de 2012, el que para muchos es uno de los últimos ‘magos’ del balonmano mundial quiso dar una nueva alegría a los aficionados españoles. Su inesperado fichaje por el BM Atlético de Madrid le ofrecía la posibilidad de conseguir la tan ansiada Champions League, una gran espina clavada que le había acompañado toda su carrera. Sin embargo, el Mundial de Clubes y la Copa del Rey fueron los únicos títulos que pudo levantar en su primera y última temporada militando en el club colchonero -tras su desaparición por motivos económicos-.

En cuanto a la selección nacional, la tensión palpable entre el jugador y el seleccionador Slavko Goluža durante los Juegos Olímpicos de Londres -donde el central reclamó mayor protagonismo– provocó su no convocatoria para el Mundial de 2013, según declaraciones de la federación croata por “no coger el teléfono”.

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Sus  dos últimos años como profesional los disfrutó en una de las ligas que aún no había disputado, la DKB Handball Bundesliga en Alemania. Fichó por el modesto HSG Wetzlar, donde su principal estímulo ya no consistiría en ganar títulos sino en ayudar a los más jóvenes que estaban empezando como él casi 20 años atrás. “A los chicos con los que juego les digo que tienen que ser ganadores, que tengan mentalidad ganadora, pero que se diviertan por encima de todo”.

En enero de 2015, el ‘34’ anunciaba que colgaría las botas a final de temporada (casualmente el mismo día que Croacia era eliminada del Mundial de Qatar en cuartos de final): “Tantos años al más alto nivel han dejado su huella, y tienes que saber cuándo es la hora idónea para poner fin a tu carrera, en mi caso antes de este verano“.

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Su retirada empañaba de luto el mundo del balonmano. Sin duda, una noticia que cualquier aficionado a este deporte no deseaba escuchar nunca. Porque la carrera del fenomenal jugador croata no es como cualquier otra. Porque Ivano ‘Maravilla’ Balić, el ‘genio de los Balcanes’ o el ‘Mozart del balonmano’ no es como cualquier otro jugador. Él es diferente. Su look despreocupado, su pelo largo, su barba prominente o incluso su gusto por el tabaco le hacían alejarse del prototipo habitual de deportista. No obstante, esa identidad es la que le llevó a convertirse en uno de los mejores jugadores de todos los tiempos, en el cerebro de cualquier equipo y en el único jugador con la habilidad suficiente para inventar soluciones imposibles cuando salía a la pista. Su retirada es el cuarto movimiento de una sinfonía, de una obra musical que gira al compás que marca su batuta y que, irremediablemente, vacía de música en su última nota el mundo del balonmano. Pero, como toda obra maestra, su recuerdo vivirá para siempre.

@Diego_Alonso23

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