Johan Cruyff, el último romántico

Por: José Manuel Sánchez Moro

                              “El Senyor Cruyff li ha donat i ha passejat els color del Barça amb molt orgull”.

                            “El señor Cruyff ha dado y ha paseado los colores del Barça con mucho orgullo”.

                       Aficionado increpa a Joan Gaspart, tras cesar a Cruyff de su puesto de entrenador.

Se recuperaba España de la reseca ochentera de la movida, las generaciones se perdían en la heroína y el PSOE, de mayoría absoluta en mayoría absoluta, introducía a España en el mercado global, cuando se despertaba, lejos de la obligada rivalidad existente entre la capital del estado y la segunda ciudad de mayor envergadura, la sombra que  ha puesto en jaque en las dos últimas décadas al Real Madrid en cuanto a palmarés. Tanto es así, que el Barça aventaja de lejos en títulos a su eterno rival siguiendo el parcial de 1990 a 2010, año límite este en el que se inicia una nueva era, tras haber conseguido Pep Guardiola “el sextete” y arribar al banco de Chamartín José Mourinho, quien, en cierto modo, acabaría con el Barça más hegemónico. Este nuevo tiempo, se inicia con uno de los hechos más insólitos en la historia del fútbol español.  El 28 de Abril de 1988 la plana mayor de la plantilla del Barcelona (no estaba el líder, Schuster –“El Alemán”-, pero sí el entrenador, Luis Aragonés, y el capitán, Alexanco) se planta en el Hotel Hesperia. Los jugadores que conocen muy bien el hotel, ya que es lugar de concentración previa a los partidos, han convocado a la prensa en unos de los salones del hotel habituado para banquetes. A un año de las elecciones van a pedir la dimisión de José Luis Núñez, el presidente. Es el “Motín de Hesperia”. El motivo: meramente económico, aunque a la postre, los vinculados al nuñismo hayan afirmado que era una maniobra orquestada por los testaferros rivales para hacerse con la presidencia. Núñez, una vez y hacienda pasa factura sobre los derechos de imágenes, remite a los recaudadores de manera individual a cada uno de los jugadores. Es intolerable y en el Hotel Hesperia, en una rueda de prensa eterna y televisada, Alexanco remata los puntos por los que Núñez ha de abandonar el club. Son los años duros del nuñismo. El equipo no se sobrepone a la derrota por penaltis en la final de Sevilla la Copa de Europa contra el Steaua de Bucarest. Se temen reacciones, pero, insospechadamente, la afición abuchea a los jugadores por pedir la dimisión del presidente. Núñez mueve ficha. Habla con Javier Clemente, era su entrenador de futuro ante la salida de Luis Aragonés, para certificarle que en estos momentos no se puede realizar la operación. Manda a su vicepresidente, Joan Gaspart, a Ginebra donde se reunirá con el entrenador de la candidatura rival a la presidencia, para que, en el hotel Richmond, apalabre su llegada al Barça de su mano, de la mano de Núñez. Johan Cruyff acepta.

La llegada de Johan Cruyff no transmite ninguna seguridad. Pese a que le gana, con goles de Salinas (un fijo de sus esquemas) y López Rekarte, la recopa a la Sampdoria, aprovechando la inesperada Copa del Rey que consigue Luis Aragonés con los participantes del “Motín Hesperia”, y pese a su efectivo paso como jugador por el equipo blaugrana (devolviendo la Liga a las vitrinas blaugranas tras catorce años de sequía) aquel señor de estatura mediana y gabardina de detective inglés del XIX que fumaba Camel sin filtro, siguiendo la gastada moda de Bogart, no transmitía ninguna confianza. Primera razón, por la elevada cifra de su sueldo (120 millones de pesetas). Segunda, porque su equipo “iba a jugar con un mediocentro como hombre más retrasado”. Le guardaban las espaladas su glorioso pasado como jugador (405 goles, tres balones de oro, tres ligas de Campeones, líder de “Las Naranjas Mecánicas”) y las temporadas con el Ajax-dos copas de Holanda y una recopa de Europa- ya como entrenador. El primer Barça que maneja Cruyff está hecho de resistentes del Motín de Hesperia (Núñez y Gaspart, abogado mediante, trabajaron en una salida dialogada de muchos jugadores de aquel Barça) y  fichajes sugeridos por Clemente cuando confeccionaba con Núñez la plantilla del 88/89 antes del famoso motín, como es el caso de Julo Salinas. Véase la alineación que, el 10 de Mayo, le gana la Recopa de Europa a la Sampdoria: Zubizarreta, Aloisio, Alexanco, Urbano, Milla (Soler), Amor, Eusebio, Roberto, Lineker, Julio Salinas y Beguiristain (López Rekarte). Sería a la temporada siguiente cuando Cruyff, con dos incorporaciones claves, Koeman y Laudrup, configuraría el primer “Dream team”. Fue aquella, su segunda temporada (la 89/90), una campaña muy difícil para el holandés. Su cabeza estuvo varias veces en la picota y le tocó lidiar con el último Madrid de Leo Benhakker y sus 107 goles. Quedó tercero, a dos puntos del Valencia. Sin embargo, y contra todo pronóstico, el Barcelona en Mestalla le arrebata la Copa del Rey al Real Madrid. Esa final, que bien pudo costarle el puesto a Cruyff tras dos ligas superado por el Madrid –la segunda de manera más apabullante-, supuso, tras el 5-0 del Milán, el fin de la Quinta del Buitre. El 5 de Abril de 1990, Cruyff alineó una defensa de tres con Alexanco, Koeman, Aloísio, que abandona el campo a los veinte minutos para dar entrada a Serna. El partido estuvo en tierra de nadie, en continuas idas y venidas, a cual más peligrosa, hasta bien entrada la segunda parte. El Barça desplegaba las credenciales más reconocidas de su juego en aquellos años. La simpleza futbolística de “dar el balón al que esté solo”, lo consiguió generando superioridad en el centro del campo con cuatro hombres fijo y los movimientos de Laudrup haciéndolas de falso nueve, en ese continuo rotar de posiciones en el que ambos delanteros caían a banda. Tras un mal control de Bakero, Koeman aparece solo a campo abierto por la región intermedia entre el centro del campo y el área madridista. Con un seco disparo al poste derecho de Buyo (que no puede blocar el balón), habilita sin querer a Tiki Bigiristain que, estando a puerta vacía y a bocajarro, opta por bombear el balón rebotado para que Guillermo Amor solo en el área pequeña ponga la cabeza y haga gol. En un bloqueo estático de la defensa del Real Madrid, dos jugadores, el teórico delantero y un medio, se plantan solos para anotar el primer gol del Barça en aquella noche. Dos minutos después de marcar, Amor es sustituido por Soler. El cambio estaba planeado para antes de que el benidormí hiciera gol. El Barça se defendía y en una jugada en la que el balón cae en el lateral derecho del Madrid, Soler, tras varios forcejeos de unos y otros, intenta arrebatarle el balón al lateral derecho de los blancos. El balón sale despedido fortuitamente y va  a parar al punto de penalti. El central no llega y Buyo se queda a media salida. Salinas que, pillo, andaba por ahí, con media portería descubierta solamente tiene que cruzarla para hacer el 2-0. Sentencia sobre el tiempo añadido. Núñez se incorpora, no sin perder la compostura, y sonríe a su punto de referencia en el palco. El Barça es campeón de la Copa de su Majestad el Rey en su edición de 1989/1990 y Cruyff, a la vez que hunde a la quinta del buitre con un decisivo torpedo, salva el puesto.

Cuentan los que sobreviven al agudoFumando infarto de miocardio que justo dos días antes andan constipados y presentan síntomas de cansancio. A Cruyff, sin embargo, con eructar le bastaba para poner fin a estos síntomas. Síntomas que en su caso pasaban por fuertes dolores de espaldas. Cruyff tenía una úlcera que, a menudo, daba señales de su existencia. A esa úlcera le achacó los dolores que empezó a sufrir el jueves antes del partido a domicilio contra el Valladolid, que se saldó con un 1-5 para los de “Can Barça”. Era la jornada 23 de liga, el comienzo de la última semana de Febrero, y el Barça se paseaba, líder, de campo en campo jornada tras jornada. Koeman estuvo, por lesión, fuera de los terrenos de juego parte de la competición, pero el club no lo lamentó. Aquella sería la temporada de la primera liga, para la que Cruyff incorporó, entre otros, a Stoichkov, Goikoetxea y Pep Guardiola, el segundo hombre más importante junto a Cruyff del Barça en toda su historia. El 27 de Febrero, tres días después del partido con el pucela, Cruyff tenía previsto salir con su mujer de compras. Al despertar pálido y a no soportar los dolores que, desde hacía prácticamente una semana, le venían sacudiendo, cambió de destino y se personó, acompañado en todo momento de su esposa, en la clínica Asepeyo. Tras unas revisiones, lo enviaron a la clínica quirúrgica Sant Jordi. Eran las 17:20 de la tarde. A las 18:30, Marlo Petit, jefe del servicio de cardiología de esta clínica, adelantó que “el señor Cruyff sufre un síndrome de insuficiencia coronaria en fase aguda y se le están haciendo pruebas para conocer el estado de su lesión. Hasta mañana no facilitaremos ningún otro comunicado, pero puedo avanzar que el enfermo está tranquilo y se siente muy optimista“. Cruyff está consciente, la noticia circula a gran velocidad, su hija sufre una crisis de ansiedad y desde el Barça apuntan que se trata de una angina de pecho. A la mañana siguiente, se sabe que Cruyff ha sido intervenido de urgencia “a corazón abierto” durante dos horas y media. Se le ha practicado un by pass. Deberá dejar el tabaco y, en dos meses, podrá volver a entrenar. Su segundo, Carlos Rexach, se hará cargo del equipo y asegura “que estas cosas nos tienen que pasar en los momentos más importantes”. No obstante, sin Cruyff, el Barça ganará una liga con una horquilla de diez puntos sobre el segundo, el Atlético de Madrid.  Cruyff celebrará aquella primera liga ya en el banquillo. El Barça, además, llega a la final de la Recopa pero cae ante el Manchester United en la final.

La imagen de Cruyff se revaloriza. Es cierto que durante su etapa como jugador, impuso una estética dentro del campo y fuera de él. Siempre galante, se suele decir que vestía como una estrella del pop (aquellos setenta con el legado de Jim Morrison o los Beatles) y que fue quien introdujo en la industria del fútbol el gusto de los jugadores por la extravagancia en las vestimentas y toda su parafernalia. Pero durante la década de los noventa en España tomó peso la televisión. Personajes como Gil dieron mayor énfasis al fútbol como fenómeno de masas valiéndose del novedoso, y cada vez más asequible económicamente al pueblo llano, aparato digital. Cruyff no fue menos. Su porte sereno, de gabardina detectivesca y ojos de genio, contrarrestó con el consumo amable de chupa-chus. Realiza campañas contra el tabaco, aunque sería en rueda de prensa donde ganaría mayor popularidad. Su gesto de niño travieso y su modo de expresarse en castellano (interminables errores morfológicos, cambiando terminaciones de femenino por terminaciones de masculino y viceversa, a la vez que aceleraba hablando, se trababa y las partes finales de las frases eran totalmente incomprensibles) le colgaban la vitola de extravagante y alucinado. Muy en la línea de sus sistemas tácticos, que explicaba en ese castellano inaprehensible entre catalán y holandés. No le faltó igualmente el mal genio. Incendiaba las oficinas de Núñez muy a menudo. Cruyff, además de considerarse manager y entrenador siguiendo puramente el modelo inglés, no soportaba, porque lo sabía, el run-run enfermo que se montaba a cada obstáculo eventual que encontraba su equipo. Y sin obstáculos. Era consciente que un sector de la directiva no estaba con él. Ya por su forma de entender el fútbol, ya por su talante. Y así fue en su dramática y barriobajera despedida. En palabras de Laudrup, trabajar con Cruyff era enfrentarte a un sabelotodo. No era un problema, no lo aparentaba ni quería evidenciarlo, simplemente, decía el danés, era su forma de ser.

MisterProseguía la trayectoria imparable del “Dream Team”. El equipo hubo de remontar difíciles situaciones hasta alzarse con el doblete (Liga y Copa de Europa). “Tú, Salinas, te quedas en casa este fin de semana. Te cuidas que vas a ser titular”. Cruyff preparaba a sus hombres para el olimpo de Wembley. Eusebio tomó la pelota en la frontal del área y quiso progresar entre varias camisas blancas de jugadores de la Sampdoria. Un pisotón. Es zarandeado y el árbitro pita falta. Es el minuto 111 de partido. El 5 de la segunda parte de la prórroga.  Stoichkov llama a Bakero. Aparece Koeman. Se separa a cuatro pasos de la pelota. Stoichkov vuelve a llamar a Bakero que se encuentra  a la izquierda de la media luna del área con los brazos en jarra. Koeman se coloca de espaldas a la barrera y escucha lo que el delantero búlgaro le dice. La siguiente toma de televisión muestra ya a Bakero rodeando el balón. Se va hacia al árbitro y le hace ver, con locos aspavientos, que la barrera está muy próxima. El holandés que está a punto de hacer historia en segundos le secunda. El árbitro trata de retrasarla. Koeman amaga varias veces ante el movimiento de la pierna de Stoichkov que sigue señalando la posición de la barrera. El búlgaro toca para Bakero que pisa el balón y lo deja en punto muerto. Tres defensas italianos se echan a la pelota. El golpeo de Koeman no tiene tiempo ni para ascender. Casi a media altura, su golpeo de fuerza supera al portero. 1-0, a falta de ocho minutos para el final. Cruyff, que debía estar en su hábitat pues los banquillos de Wembley eran descubiertos y, en su día, consiguió que abriesen el banco del Nou Camp por arriba para poder estar de pie en su condición de entrenador, salta la valla publicitaria y llama a Alexanco. Alexanco es el único integrante del Barça de aquella noche que estuvo en la final de Sevilla contra el Steaua. “Tranquilos, que no pase nada, por favor”, le dice. La alineación que despliega Johan aquella noche fue la siguiente: Zubizarreta, Ferrer, Koeman, Nando, Juan Carlos, Bakero, Eusebio, Guardiola (Alexanco), Laudrup, Salinas (Goicoetxea), Stoitchkov. Durante toda la campaña liguera, el técnico holandés muy pocas veces repitió un mismo once. Una Liga en la que la regularidad la impuso el Real Madrid, líder de principio a fin. Tras la conquista de la Copa de Europa, el Barça cosechó un final de liga trepidante y llegó a la última jornada en segunda posición, a tan solo un punto del Madrid que viajaba a Tenerife para, a domicilio, obtener la victoria final frente a los isleños comandados por Valdano. El Madrid domina con un 0-2 solvente, pero antes del descanso, balsámico, el Tenerife anota el 1-2. A la vuelta del descanso hace el empate (en esos momentos los de Cruyff que ganan con solvencia al Bilbao son campeones de Liga) y, tras la cantada de Buyo, remonta el partido. Es la segunda liga consecutiva, en una de las temporadas más alegres de la historia en “Can Barça”. Tenerife iba a ser por un día la capital del fútbol.

El poder de Cruyff aumenta. La afición lo aclama. Su sistema es estudiado en medio mundo y surgen discípulos de su causa. Tres centrales fijos (con Koeman en el centro) y dos delanteros con tendencia y movilidad a banda: Txiki Bigiristain o Stoichkov y Salinas. Lo demás son mediocampistas en continuo ir y venir, posición a posición con Laudrup como hombre más adelantado haciéndolas de “falso 9”. La mecánica y el movimiento de los centrocampistas tenían su razón básica en las sorpresivas entradas de segunda línea. Cada jugador defendía distintos roles en el campo. Polivalencia que, en los antiguos aficionados, se recuerda con un “¿con Cruyff? Con ese… jugaban todos de todo”. En las categorías inferiores de la entidad blaugrana se impuso a todos los niveles su sistema y filosofía. Y si no era así, por la razón que fuera, se purgaba al tal que se oponía y listo. Un caso llamativo fue el de Lluis Pujol. Se ve que le obligó a imponer su sistema en un equipo inferior y este último no lo toleró. Sin embargo, el problema de Cruyff con este señor fue que le pidió que colocase de titular a Danny Muller, el novio de su hija Chantal. El sacrificado en ese equipo por la entrada del yerno de Johan fue el mismo Tito Vilanova. A Luis Pujol, irredento, lo pusieron en la calle. Para esos puestos que iban quedando vacíos Cruyff tenía hombres de confianza: el hijo de Rexach, el hermano de Bakero… De una manera u otra, más o menos moral, en las categorías inferiores se impuso un sistema de juego y un modelo que se ha respetado, con títulos y jugadores de crianza canterana (Xavi, Iniesta…) apegados a la norma, hasta día de hoy.

Las dos siguientes temporadas servirán para engordar el mito de Cruyff. Cada vez más señalado por la directiva, que temía por el trasvase de poder y la figura del holandés que imparablemente se erigía como máximo líder del Barça. Obtiene dos ligas y una final de Champions, donde caerá derrotado por el Milán. La liga del 92/93 será la segunda liga del Tenerife. Nuevamente volvía el Madrid como líder a jugarse en la última jornada el título a Las Islas Canarias. Le seguía el Barça a pocos puntos. Esta vez desde el minuto 11 de la primera parte el Madrid se encuentra con el marcador en contra. No sabrá sobreponerse y el Tenerife sentencia. 2-0, tercera liga para el Barça. La temporada 93/94 arranca con el fichaje de Romario por el Barça. Considerado uno de los mejores jugadores de la historia del fútbol con más de 1.000 goles anotados, aquella liga sería el pichichi con 30 goles. Algunos vieron en la contratación del sueco Ibrahimovic por el Barça de Guardiola algo muy parecido a lo que intentó Cruyff trayendo a Romario. Salvando las distancias, ante una fórmula ya descubierta por el rival, surge la necesidad de traer un delantero que ayude a fijar a los dos centrales. La Liga de Romario fue otra liga que vuelve a ganar el Barça en el último partido. Esta vez al Deportivo de la Coruña. El Depor llegaba con un punto de ventaja sobre el Barça. Si ganaba era campeón de Liga. El Barça debía ganar al Sevilla y esperar. Se mostraba confiado ya que los gallegos, en la recta final, no remataron, tropezando contra Lleida y Rayo. El partido de Riazor se enquista. No pasa nada. Alguna contra del Valencia malograda y el Depor jugadas de peligro aislado. Mientras tanto en el Camp Nou salta la sorpresa. Por dos veces se adelanta el Sevilla de Súker y con 1-2 se van al descanso. A la vuelta de este, Stoichkov, Romario, Laudrup y Bakero dejan el marcador en un aplastante 5-2. En Riazor, en la última jugada del último minuto de partido, el Depor cerca el área valencianista. Nando toma la pelota en la frontal y con un autopase intenta escorarse a la izquierda. Serer lo desestabiliza y el árbitro pita penalti. Es la hora de Bebeto, pero un central, Djukic toma el balón y lanza. Centrado, un golpeo de interior suave que va a parar a las manos de González, portero ché. El Barça, por cuarta vez consecutiva, es campeón de liga. Núñez ni se lo cree, las cámaras buscan a Cruyff que no sale de una maraña de brazos que lo retienen y zarandean. Faltan cuatro días para la final de Atenas.

Pep

El Barça partía como favorito ante un Milán que jugaría sin Baresi y Costacurta. Jugaría Koeman, que no lo había hecho contra el Sevilla, y era el máximo goleador de la competición. El conjunto catalán hizo aguas en defensa. Al término de la primera parte el Milán le había marcado dos goles y a la vuelta del descanso cayó el tercero. Luego el cuarto. Si tras la final de Steaua en Sevilla, los jugadores la tomaron con la directiva (el motín que dio con el holandés en el banquillo) fue Johan esta vez el máximo responsable. Se encontró solo. Laudrup “no lo soportaba”, Romario, que se había vengado de la plana mayor del Milán en el Mundial de EEUU en los penaltis contra Italia que dieron la victoria a Brasil, no fue el mismo y la entidad blaugrana se vio en la obligación de desprenderse de él. Por otro lado, la directiva desoyó las recomendaciones de Cruyff para renovar la plantilla. Buscó una renovación con canteranos durante un año, en el que el Barcelona no consiguió ningún título. La siguiente fue otra temporada sin títulos, en la que el Atleti cosechó Liga y Copa del Rey, en un doblete histórico. Valió una discusión con Gaspart, el vicepresidente, el siempre fiel a Núñez, para que todo se desmoronara. A falta de dos jornadas, la prensa habla de reuniones, a espaldas de Cruyff, entre la directiva blaugrana y Bobby Robson. Volaron sillas en el vestuario del Nou Camp. Carlos Rexach comandaría al equipo en las dos últimas jornadas.

El legado de Johan Cruyff tiene su máxima en que o eres cruyffista o eres antifútbol. Lejos de los terrenos de juego, en los despachos, el holandés tiene por igual un sector fiel a su causa. Es el de Joan Laporta, quien en su etapa como presidente (la más gloriosa que ha conocido el Fútbol Club Barcelona en toda su historia) recuperó, con Frank Rijkaard y Pep Guardiola, el juego y las normas de Cruyff. Su dominio de las categorías inferiores del club ha permitido que, pese a los esfuerzos de Núñez por depurar todo enclave cruyffista, surja, fabricada en la industria del fútbol total, el fútbol de posesiones largas y ataque sobre ataque, una de las generaciones en la historia del fútbol más prodigiosas y efectivas. Esa de los hombrecillos. La de los locos bajitos. Esa que fue liderada por Xavi e Iniesta, capaz de todo.

@_puratura

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