San Mamés, la catedral del fútbol

Decía Fernando Fernán Gómez que “la Liga sabe diferente. La Liga es otra cosa. La Liga sabe a domingo, aunque se juegue en miércoles. Sabe a caravana de vuelta escuchando la radio, y a lunes en el trabajo. […] La Liga sabe a cinco de la tarde, a derbi, a nervios, a partido de infarto, a cávalas, al cuento de la lechera y la cuenta de la vieja. Si no has ganado una Liga, no has ganado nada. La Liga en la tele, la Liga en la radio, la Liga en el campo; cómo en el campo, en ningún otro sitio, dónde la Liga huele a hierba, a cal y a red”. Lo que olvidó mencionar el tristemente fallecido escritor es que la Liga también sabe a pintxos y cervezas a orillas de la ría del Nervión. Sabe a banderas rojiblancas e ikurriñas ondeando por Bilbao. La Liga también sabe a San Mamés, la extinta casa del Athletic de Bilbao que llegó a convertirse, sin ningún género de dudas, en la catedral del fútbol español.

Los muros del flamante estadio de San Mamés comenzaron a cimentarse el 20 de enero de 1913, con una bendición previa del terreno. El nombre del recinto no fue fruto de la casualidad: los terrenos donde se edificó el estadio eran los del asilo de San Mamés, lugar donde además existía una ermita dedicada al santo. Con un presupuesto de construcción fijado en 89.322 pesetas de las de entonces, el estadio contaba con un aforo de 3.500 espectadores. Los leones se podían situar en dos tribunas, una cubierta y otra descubierta, mientras que el resto del aforo debía asistir a los partidos de pie.

La primera batalla futbolística sobre el verde bilbaíno se libró contra el Racing de Irún el 21 de agosto de 1913. Con un resultado de empate a uno, el primer gol en la Catedral fue obra de Rafael Moreno, más conocido como Pichichi. Curiosamente, este mítico extremo izquierdo también abrió la veda de los goles en el recién inaugurado campo de su vecino donostiarra: el histórico Estadio de Atocha. ¿Casualidad? Juzguen ustedes mismos.

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Los años veinte llegaron, de manera inexorable, a Bilbao. Y con ellos, una ampliación de San Mamés hasta lograr las 9.500 localidades que se produjo entre los años 1923 y 1925. Esta ampliación se llevó a cabo por medio de un ensanche de ambos fondos, que permanecían como localidades de pie. Fue en esta misma reforma cuando se edificó la Grada de Capuchinos —nombre que adoptó por la proximidad al antiguo convento de los padres capuchinos—.  Junto a ello, se creó un espacio próximo al césped donde se incluía a un mayor número de aficionados leones en pie.

Cuatro años después del fallecimiento del que fuese el primer goleador de la Catedral, el 8 de diciembre de 1926 el club bilbaíno estimó oportuno colocar un busto de Pichichi en San Mamés. La guinda del pastel fue un apasionante partido entre el Athletic de Bilbao y el Arenas de Getxo —por entonces, el eterno rival de la afición rojiblanca—. A finales de los años veinte se cubrió la Tribuna de los Bonis —los leones más forofos de San Mamés— que se encuadraba dentro de la Grada de Capuchinos. Así se entró en la década de los años treinta. Una década que, deportivamente, tuvo esa mezcla de sabor dulce y amargo. Y es que lo que el Athletic conquistaba en el verde de San Mamés a base de constancia y trabajo, no se veía respaldado por la situación económica que acompañaba a nuestro país y, por ende, al club vasco. Ni la buenísima situación deportiva ni el apoyo incondicional de los leones hizo posible que se pudiese efectuar una ambiciosa ampliación del estadio. Sin duda, la espina clavada de los aficionados rojiblancos que, tristemente, padecerían unos años después la Guerra Civil Española.

Y ustedes se preguntarán: el estadio cuelga el cartel de “no hay entradas” cada jornada, el Athletic está en sus años de apogeo y, sin embargo, ¿el club está sin liquidez? Pues sí. La explicación es realmente sencilla: San Mamés era, por aquellos años, el estadio más barato de la Liga española. Y es que pese a las dificultades económicas del club bilbaíno, la junta directiva prefería abaratar los costes de las entradas y llenar el recinto. No obstante, sí que se llevaron a cabo unas pequeñas modificaciones que iban ganando espacio para los espectadores rojiblancos. Junto a ello, se cubrieron parcialmente los fondos norte y sur, que permanecieron para espectadores de a pie.

Abril de 1939 puso fin a la fatídica Guerra Civil que se vivió en nuestro país. Este conflicto bélico no dañó, de forma excesiva, el recinto del club vasco, por lo que se pudo reanudar la competición sin apenas reparaciones. A pesar de ello, España se enfrentaba a una nueva época. Una nueva época más moderna, en la que el fútbol se había convertido en pieza fundamental de la sociedad. Por tanto, se hizo necesaria una gran reforma para la ampliación del estadio. A finales de 1945, el club compró el terreno de San Mamés —anteriormente había sido propiedad de la Caja de Ahorros Vizcaína— por un precio de 1.229.263 pesetas y 30 céntimos. Esta reforma, la más ostentosa desde su construcción, era el signo inequívoco de un nuevo tiempo para el Athletic de Bilbao.

La ejecución del proyecto se produjo entre 1950 y 1952, dividido en varias fases o procesos. En primer lugar, se levantó la tribuna principal con dos antiteatros cubiertos y rematados por el característico arco de San Mamés. El arco, más conocido como la aguja de la Catedral, no fue exclusivamente un símbolo del club rojiblanco, sino que durante décadas que erigió como uno de los mayores símbolos de Bilbao. Por su parte, ambos fondos permanecerían como antaño, parcialmente cubiertos y en pie. Además, se agrandó la Tribuna de la Misericordia nombre que adquiere del antiguo hospicio de la Misericordia, entidad colaboradora del Athletic en los años cincuenta—. Así, el estadio pasó a tener un total de 35.000 localidades. Un estadio a la altura de los tiempos que corrían.

Ya en la década de los sesenta se remodeló la Tribuna de Capuchinos y se ampliaron ambos fondos, pasando a un aforo nada despreciable de 45.000 espectadores. Unos espectadores que en 1963 pudieron disfrutar de las bodas de oro de San Mamés con un fabuloso triangular entre el Athletic de Bilbao, el Sporting de Lisboa y el Fulham, homenaje incluido al exfutbolista baracaldés Nicanor Sagarduy Gonzalo, más conocido como Canito.

El curso 1982 llegó a la vida de los españoles con un interés focalizado, esencialmente, en el fútbol. Y es que ese año España tenía el honor de ser la organizadora del Mundial. San Mamés, una de las sedes del torneo, emprendió una nueva remodelación, la más ambiciosa desde mediados del siglo XX. Los apoyos sobre los que se sustentaba el arco se eliminaron, lo que posibilitó que los espectadores de ambos fondos ganaran visibilidad, además de poseer un espacio mayor para colocar los videomarcadores. Los accesos a las gradas fueron adaptados a las normas de seguridad que exigía la FIFA y se instalaron vallas de protección a lo largo del perímetro del terreno de juego. Un terreno de juego que pasó de tener unas dimensiones de 104×70 metros a 105×68 metros o, lo que es lo mismo, se ganó en anchura y se redujo el largo del verde bilbaíno.

Los arreglos costaron la friolera de 700 millones de pesetas, de los que el club vasco costeó 492. Tras esta serie de cambios, el aforo se quedó en 46.233 localidades, de las que en torno a 12.000 eran de pie —en los fondos—, mientras que el resto permanecían sentados. No sería hasta 1997 cuando se produjo la última modificación en San Mamés, momento en el que se suprimieron todas aquellas localidades que existían en pie, según las nuevas normas que establecía la UEFA. Con este cambio, el recinto veía reducido su aforo a 40.000 espectadores, todos sentados.

Las reformas efectuadas a finales de los noventa impedían que el estadio recibiese unos equipamientos acordes a los tiempos que se aproximaban. Por esta razón, la junta directiva llevaba planeando desde años atrás la construcción de un nuevo estadio, más grande y moderno. La idea era que el futuro estadio se levantara en un área muy cercana al primigenio San Mamés. Y, amigos, años después pudimos comprobar que ese criterio se cumplió. Con idéntico nombre y a orillas de la que fue la histórica casa del Athletic de Bilbao, se inauguró en 2013 el nuevo San Mamés, un estadio de cinco estrellas, con capacidad para alojar a 53.289 leones y con un aspecto que nada tiene que enviar a los estadios más importantes del Viejo Continente.

Y el anciano San Mamés cerró sus puertas para siempre. La mezcla de sentimientos que se generaba en los corazones de los rojiblancos al contemplar, en un mismo paisaje, el derrumbe del antiguo San Mamés y la construcción del nuevo, a tan solo unos pocos pasos, era digna de mención. Tradición y modernidad. Pasado y futuro. Dos épocas simbolizadas por dos estadios, pero un único sentimiento. Sin embargo, nadie podrá borrar de los libros de Historia ese sobrenombre que rozaba lo celestial del santuario futbolístico bilbaíno. Y es que San Mamés, amigos, siempre será la catedral del fútbol español.

@Juanjo_93CC

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