Gottfried Von Cramm, el desertor del nazismo

Decía Karl Max que es muy fácil ser heroico y generoso en un momento determinado pero que, sin embargo, lo que realmente cuesta es ser fiel y constante. Extrapolen esta frase a la Alemania nazi. En concreto, a una familia aristócrata con una historia de más de siete siglos a sus espaldas concebida cómo el idealismo más puro del antisemitismo más radical. A principios del siglo XX, la familia, afincada en la Baja Sajonia, tuvo un nuevo integrante del que enseguida, sus padres, quisieron hacer un joven y noble diplomática a la altura de la nobleza germana. Pero él tenía reservado para su futuro un desenlace distinto donde Hitler y III Reich no tenían cabida en sus planes.

Aún joven, Gottfried Von Cramm se trasladó a Berlín para estudiar. Allí comenzó su idilio con el mundo del tenis. En sus ratos libres, complementaba sus obligaciones empuñando una raqueta que se convertiría en su vida con el paso de los meses. No tenía una necesidad económica que le privase de realizar lo que más le gustaba, y pronto, demostró que aquello era más, mucho más, que un simple hobby o pretexto con el que huir de sus responsabilidades. Paulatinamente, al son de las marchas triunfales que acercaban a Hitler al poder, se convirtió en el mejor jugador de su país y en uno de los mejores del mundo.

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Pero Von Cramm no simpatizaba mucho con todo aquello. Rechazó afiliarse al NSDAP –partido nazi- y se dedicó a disfrutar de una rivalidad empedernida con, cosas del destino, un inglés, Fred Perry, y un estadounidense, Don Budge. Entre 1934 y 1937 disputó ocho finales de Wimbledon, Roland Garros y US Open, por entonces conocido como US Championships, de las que sólo pudo vencer dos veces en la tierra parisina. Perry y Budge, con el que tenía una excelente amistad, le privaron de vencer en la hierba londinense, torneo que nunca pudo ganar pese a sobresalir en esa superficie, y el cemento estadounidense.

La figura de Gottfried siempre estuvo en el ojo del huracán. La Alemania del Führer, conocedora de sus logros, no podía dejar pasar la oportunidad de utilizar a un joven genéticamente ideal, estereotipo perfecto de la raza aria, para globalizar su poder en un mundo de masas como el deporte a pesar de que Von Cramm acostumbraba a criticar al régimen cuando disputaba torneos en el exterior y, aunque no de manera confesa, se sabía que era homosexual. Todo esto se acentuó en la Copa Davis de 1937. Era el escenario ideal para afianzar el nazismo a través de Gottfried. Enfrente, Estados Unidos y, en caso de vencer, en la final, ya aguardaba Gran Bretaña.

La eliminatoria llegó al quinto y definitivo punto. Enfrente, a un lado y otro de la red, Gottfried Von Cramm y Don Budge. Dos amigos enfrentados en lo deportivo, dos naciones enfrentadas por un triunfo que suponía mucho más para ellas y una llamada martirizadora antes de comenzar el partido. Adolf Hitler se encargó personalmente de hacer conocer a Gottfried lo que suponía vencer aquel duelo minutos antes de comenzar el choque. Budge, único testigo, confesó haber escuchado como, al terminar la llamada, Von Cramm se despedía con un: “Ja, mein Führer”.

El duelo pasó a los anales de la historia del tenis. Dos sets para cada uno y ventaja de 4-1 para Gottfried en el quinto. Budge, hijo de un ex futbolista del Glasgow Rangers, empató y encaminó el partido a la supervivencia. Y ahí, Von Cramm sucumbió. 8-6 final para el estadounidense que, sin saberlo, había ayudado a que su amigo, noble y caballero alemán, pagase las consecuencias directas de la ira de Hitler tras la derrota.

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Von Cramm siguió su particular tour mundial, donde ganó en dobles el US Championship junto a Henner Henkel, y regresó a Alemania. Llegó a casa, tuvo el tiempo justo de deshacer la maleta y enseguida llamaron a la puerta. Eran agentes de la Gestapo. Gottfried fue detenido, acusado de mantener relaciones homosexuales con un judío exiliado al que le enviaba dinero. Von Cramm confesó, pero ni el estatus social de su familia, ni el intento de Hermann Göring, uno de los máximos mandatarios nazis, impidieron que fuese condenado a un año de prisión en la cárcel de Lehrterstrasse.

A los seis meses fue liberado por buen comportamiento. Durante su estancia en prisión, su amigo y rival Budge inició un proceso de recogida de firmas donde grandes deportistas, como Joe di Maggio, colaboraron con la causa. Gottfried se trasladó a Suecia previa petición del Rey Gustavo, al que le unía una buena amistad, y trató de regresar a las pistas de tenis con la mayor naturalidad posible. Pero ya nada era igual. Se le prohibió jugar en Wimbledon y el US Championship por ex convicto. Seguía disputando torneos menores en los que arrasaba, cómo Queen´s, donde venció en la final 6-1 6-0 a Bobby Rigs, pero todo había cambiado. A ojos del mundo, Von Cramm había perdido todo su rédito ganado en las pistas durante años.

Y estalló la Segunda Guerra Mundial. Alemania invadió Polonia y el conflicto bélico se convirtió en realidad. Gottfried, que sentía a su nación pero no concebía el nazismo como doctrina, no dudo y se alistó al ejército. Fue enviado a Moscú, de donde regresó, por miedo del régimen a que se aliara con el enemigo, con severos problemas físicas y con las piernas, debido a las extremas temperaturas que tuvo que soportar, con lesiones por congelamiento. Al volver, su amistad con el Rey Gustavo de Suecia le salvó la vida.

Una vez terminada la guerra, Von Cramm se inmiscuyó de lleno en la reconstrucción del Rot Weiss Tennis Club, lugar donde había comenzado a dar sus primeros pasos. Tres años fueron suficientes para devolver a ese escenario la magnitud que siempre había representado. Volvió a competir y a proclamarse campeón de Alemania. Dos años más tarde, trató de realizar una heroicidad. Compitió en el All England Club para, de una vez, poder vencer en Wimbledon. Pero aquello ya le quedaba demasiado grande y fue apeado en la primera ronda. Siempre sin perder nunca su toque caballeresco. Honrando a su rival. Demostrando su grandeza.

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A partir de ese momento su vida estuvo alejada de las pistas. Se casó con Bárbara Hutton, poseedora de una de las mayores fortunas de Estados Unidos, ya que, a pesar de ser homosexual, la relación era muy buena y ninguno tenía una pretensión mayor entonces. Cuatro años más tarde, en 1960, se divorciaron y Gottfried se fue a vivir a Egipto, desde donde visitaba frecuentemente Hamburgo para supervisar su negocio, una empresa de exportación e importación afincada en la ciudad alemana.

El resto de su vida pasó a caballo entre África y Europa. Sin descuidar ni un momento su negocio. Afincado en la tranquilidad que tantas veces le había sido esquiva durante su vida hasta que murió. Paseaba en 1976 entre El Cairo y Alejandría cuando, en un accidente de tráfico, Gottfried Von Cramm perdió la vida. Lo hizo alejado de las pistas. Con la conciencia tranquila de haber vivido acorde a sus principios. Y eso, ya lo decía Marx, que resulta francamente complejo ser fiel y constante a uno mismo.

@Adrimariscal

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