El origen del “fútbol total” (II): Magiares mágicos

En los 50, la selección de Hungría entrenada por Gusztav Sebes, retomó el modelo de fútbol total que inventó el Wunderteam austriaco, e introdujo algunas variaciones. Con Puskas como estrella, ganó los JJOO de 1952 y se quedó a las puertas de proclamarse campeón en el Mundial de 1954.

Si en la primera parte de esta serie de artículos agrupados bajo el nombre de “El origen del fútbol total” hablábamos del Wunderteam como un equipo tremendamente influyente en el fútbol actual pero que no consiguió coronarse como campeón de ninguna gran competición, en esta ocasión podríamos decir lo mismo de la Hungría de los años 50. Un equipo formado por talentosos jugadores que deslumbró a los aficionados al fútbol pero que no culminó su gesta.

sbeesSon sorprendentes las semejanzas entre la Austria de los años 30 y este combinado: unos inicios que siembran dudas, la figura de un entrenador que le da una gran importancia al aspecto emocional y psicológico del jugador, un sistema innovador que no se había visto antes sobre el verde, el fracaso en las grandes competiciones internacionales y un final provocado por razones políticas. Pero dentro de estas semejanzas, había muchas diferencias que hicieron de la Hungría de Sebes un equipo histórico. 

Los inicios no fueron fáciles. El debut de Sebes en el banquillo Húngaro se saldó con una derrota ante Checoslovaquia. Pero tan sólo un mes más tarde le endosó un 1-6 a Austria en Viena con un revolucionario sistema, el 4-2-4. ¿Quiénes eran estos húngaros y por qué jugaban tan bien al fútbol?

Pues estos futbolistas, que empezaron a ser conocidos como los “Magiares Mágicos”, jugaban en la liga de su país. El equipo que nutría principalmente a la selección era el Kipest Honved de Bucarest, allí jugaban Puskas y Kocsis, los dos delanteros y goleadores del equipo nacional. El primero era zurdo y hábil, el segundo diestro y un magnífico cabeceador. También del equipo de la capital magiar era el portero, Grocsis, probablemente el mejor portero que ha dado Hungría. Este club ganó cuatro ligas entre 1950 y 1955. El segundo equipo del país era el MTK, también de Bucarest, donde militaban Palotas e Hidegkuti, ambos delanteros con función de mediapunta y expertos en el juego entre líneas. Aparte de los cuatro jugadores de campo y el portero ya mencionados, destacaba un centrocampista por el que el vistoso y dinámico juego de Hungría siempre pasaba, Boszik.

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Innovar y arriesgar es peligroso, y siempre se debe sacrificar algo que se da por establecido e intocable. En este caso, este sacrificio fue el delantero Ferenc Deák, un goleador nato muy aclamado en el país, pero que no tenía cabida en el sistema de Sebes, ya que éste no contemplaba la idea de jugar con un 9 puro en punta. Esta decisión de dejar a toda una institución húngara fuera del conjunto le costó muchas críticas al entrenador, pero pronto fueron acalladas de la mejor manera posible, con resultados. La filosofía de Sebes era parecida a la de Meisl y Hogan, apostaba por el predominio del talento sobre la capacidad física, enseñaba a los jugadores a poner este talento al servicio del equipo y, lo que es más importante, les hacía comprender que eran un conjunto y que la única manera de lograr el éxito era ser un bloque; si un jugador bajaba su rendimiento, el resto del equipo era el encargado de ayudarle a recuperar su máximo nivel.

Llegaron los Juegos Olímpicos de 1952. Desde la URSS de Stalin, que fallecería al año siguiente, llegaban advertencias de que ninguno de sus territorios debía participar en eventos deportivos internacionales que no garantizasen un triunfo para ellos, es decir, que si Hungría no volvía con la medalla dorada de Helsinki tendrían problemas con el régimen.

La capital finlandesa vio como los Magiares Mágicos progresaban con buenos resultados y mejor juego ronda tras ronda, hasta plantarse en la final frente a Yugoslavia. La noche anterior a este trascendental partido, Sebes recibió la llamada del Primer Ministro húngaro, quien le advirtió en términos poco amistosos que la derrota les costaría problemas. Por el bien de Sebes y los suyos, tras noventa minutos de fútbol total, el oro volvió a Hungría gracias a un tanto de Puskas y otro de Czibor. Unos sesenta mil aficionados presenciaron el encuentro en el Olímpico de Helsinki. Entre esta muchedumbre que disfrutó del espectáculo magiar se encontraban miembros de la histórica y prestigiosa Football Association inglesa, quienes decidieron invitar a los campeones a jugar en Wembley. Una invitación que lamentarían meses más tarde y que derivó en un cambio colosal en la historia del deporte rey.

Sebes era consciente de la importancia del partido al que habían sido invitados, era un choque de estilos y una oportunidad inmejorable para que el mundo supiera la importancia y el mérito que tenía haber convertido a Hungría en un equipo innovador y competitivo. Consiguió balones como los que usaban en Inglaterra, modificó las dimensiones del campo de entrenamiento para que fuese exactamente igual que Wembley y jugó partidos de preparación ante equipos cuyo sistema táctico era parecido al de los británicos.

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El 25 de noviembre de 1953 Inglaterra fue derrotada por primera vez en su propio país. La derrota por 3-6 no fue lo más humillante para los creadores del fútbol, la forma en la que Hungría arrolló a un combinado que parecía imbatible (tirando 35 veces a portería) y la impotencia de jugadores como Ramsey o Mathews provocó una auténtica revolución en el fútbol. Si unos veinte años antes había sido el Wunderteam quien hizo temblar los cimientos de la poderosa Football Association, esta vez los cimientos fueron reventados por los Mágicos Magiares, que ya fijaban su tenaz mirada en el Mundial de Suiza de 1954.

9-0 frente a Corea del Sur y 8-3 ante Alemania. Así empezaron el campeonato los grandes favoritos, con el permiso de Brasil y Uruguay. Precisamente estos dos equipos serían los próximos rivales de Hungría. Con Puskas lesionado, Brasil fue un durísimo rival, pero más duro aún fue el partido, bautizado como “La batalla de Berna” por el juego violento que ambos equipos practicaron. Las semifinales llegaron hasta la prórroga, pero los uruguayos no consiguieron aguantar y dos cabezazos de Kocsis metieron a los magiares en la final, donde esperaba Alemania Federal.

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En la primera fase del campeonato Hungría ya había aplastado a su rival en la final. Era difícil pensar que los Magiares Mágicos, un equipo que hacía de cada partido un nuevo episodio histórico, dejara pasar esta pintiparada oportunidad de coronarse como gran dominador del fútbol mundial. Pero el deporte es maravilloso e impredecible, y si cuatro años atrás tuvo lugar el Maracanazo, en esta ocasión la lluvia propició que David venciese a Goliat.

Un detalle a priori tan insignificante como los borceguíes que calzaban los futbolistas en esta Copa del Mundo, se convirtió en la clave por la cual Alemania Federal sorprendió a propios y extraños y se llevó el trofeo a casa. El día de la final no dejó de llover, el césped estaba en malas condiciones y durante el encuentro siguió lloviendo. Las botas de los alemanes, mucho más modernas, se adaptaron mucho mejor al resbaladizo y espeso terreno. Aparte de este gran inconveniente que resultó decisivo, la decisión de alinear a un mermado Puskas en el once inicial fue un error, ya que Hungría jugó prácticamente con un jugador menos. La magia húngara fue tan sólo un chispazo esta vez, un chispazo de ocho minutos en los que Puskas y Czibor adelantaron a los suyos. Pero Alemania, que ya había sido derrotada en la primera fase, no estaba por la labor de dejarse vencer de nuevo, y remontó con goles de Morlock y Rahn, este último por partida doble. Aquí nació ese respeto por los teutones, a los que, como se sigue diciendo hoy en día, nunca hay que dar por muertos.

“El milagro de Berna” puso fin a una racha de 32 partidos sin perder, en los que los húngaros marcaron 145 goles, casi cinco por partido. Pero el fútbol es así, y aquel día todo estuvo en contra de los Magiares Mágicos, que no pudieron conquistar ningún gran título internacional.

Aún a pesar de este duro golpe, la selección siguió cosechando grandes resultados, sin ir más lejos venció 18 veces seguidas tras el Mundial de Suiza. Pero la política y los conflictos ajenos al deporte volvieron a entrometerse en el fútbol. La revolución húngara de 1956 y la entrada del ejército soviético en Budapest sorprendió a los jugadores del Honved cuando se encontraban en Bilbao para jugar un partido de Copa de Europa ante el Athletic. Muchos de ellos decidieron no volver a la selección y probar suerte en equipo extranjeros, como fue el caso de Puskas (Real Madrid) y Kocsis (Barcelona).

Este fue el fin de los Magiares Mágicos, un equipo que basó su juego en el del Wunderteam e introdujo novedades como el 4-2-4. Se consagró en Wembley tras pasar por encima de la selección inglesa y se quedó a las puertas de la gloria tras perder bajo el diluvio suizo ante Alemania Federal. En los años 70 llegaría la Naranja Mecánica holandesa de la que hablaremos en el próximo número de Revista Idaraya.

@Rosadito14

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2 comentarios en “El origen del “fútbol total” (II): Magiares mágicos

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