Rey de dieces

Una historia de amor verdadero. Un cuento de hadas de los que que ya no quedan. En donde la ‘pelotita’ y el escudo está por encima de esos panfletos verdes que mueven hoy en día los actos y pasos de los protagonistas del deporte de los deportes. El idilio de los colores, pero a su vez, el amor al juego. Querer a alguien hasta la exacerbación, hasta tener que abandonarlo. Pero quererlo, y al fin y al cabo, volver. A sus pies, la pelota es feliz. sus botas y esa caricia mágica que hace la bola fiel, sumisa, dirigida allá donde quiere él, Juan Román.

VMuchos tendrán marcado ese penalti frente al Arsenal que le daba al Villarreal el pase a su primera final de la Champions League. Errar es de humanos, que duda cabe. Riquelme, la manija argentina. Allá donde estuvo dejó el sello, la base de algo que forma la identidad bien identificada de los clubes que ha pisado. Y ha dejado marca. El Barça del ‘tiki-taka’ o el mismo Villarreal que hoy en día sigue bordando el fútbol a ras de césped. Lo dicho, señas que sólo unos pocos elegidos pueden dejar inscritas años después de haberlas empezado a esbozar. Pero si seguimos ahondando en el amor a unos colores, Riquelme también es y será ejemplo de ello. Porque si Barcelona y Castellón tienen la marca de su juego, Riquelme tiene la huella de Boca Juniors grabada en su corazón. El amor de su vida.

Idilios, promesas y un final feliz

Pero algún día tenía a pasar. Ese idilio se tensó tanto, ese tira y afloja llegó hasta tal punto que el sueño de retirarse en La Bombonera se desvaneció a ritmo de tango. Cuatro salidas, otros tantos regresos a la que Riquelme siempre ha definido como ‘su casa’ que hacían esta historia especial. Lo que nadie se llegó a imaginar, ni por asomo, es un adiós definitivo. Anticipado, nos atreveríamos a afirmar pese a que éste se produjo con el internacional dando sus últimos coletazos futbolísticos a la edad de 36 años. Cerró la puerta al salir. Dejó el 10 en la retina de todos y, por amor propio, decidió abandonar la historia.

La historia del amor eterno, esa que tuvo al alcance de su mano y la desechó por querer demasiado. Ese librillo de historia que firman los amantes únicos a un escudo, a una entidad. Jugadores de la talla de Fabián Cubero, siempre fiel a Vélez Sarsfield o de Sebastián Battaglia, en Boca Juniors, son comparaciones que Juan Román dejó marchar por, paradójicamente, marcharse. Pasar de ser uno de los pocos elegidos en formarse únicamente en una entidad argentina, a ser uno más. Muchas veces rechazamos, dejamos pasar trenes por amor, por nuestra felicidad y por la de lo que amamos. Pese a todo, Riquelme siempre estará bañado en azul y oro, en doce temporadas que tienen como traducción once títulos. Y todo ésto parecía algo impensable cuando, allá por el 1996, Mauricio Macri, presidente de Boca por aquel entonces, lo llamó para formar parte de la primera plantilla. Y cualquiera lo sacaría de allí.

D

Pronto llegaron las convocatorias a los seleccionados argentinos. En 1997 fue campeón sudamericano Sub 20 en Chile y mundial en Malasia, y a finales de año debutó con la absoluta. Tiempos de crecimiento de un niño al que la mejor hora estaba aguardando a la vuelta de la esquina. Dos años tardaría en comandar la escuadra de Boca. Formaría junto a Guillermo Barros Schelotto y Martín Palermo un tridente de ataque demoledor, de lo mejor de los últimos 35 años en el país. Tocar el cielo, tocarla, bendecir la pelota para que, ese tridente fluyese.

Tanto es así que el Barça de Van Gaal se fijó en él. No había otra opción más que él. Lo quería, y lo tuvo. Poco tardaría el buen holandés en dejarlo fuera y ahí Riquelme se hizo grande. Dentro de ese clima de negación, fue la batuta del equipo, un ídolo más en ‘can Barça’. Sobreponerse ante la más absoluta adversidad del que crea expectación, está a la altura, pero no se lo valoran. Ese fue el año de Riquelme en España, su primer año. Y llegó Villarreal y de nuevo a la mente el penalti. Lehmann bajo palos, El Madrigal a sus pies. Y ese falo que le perseguirá toda su vida. Él es Juan Román, ídolo de ídolos, diez de dieces.

@juancarNavacerr

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