Titín III, un revolucionario de los frontones

La historia de la pelota vasca o pelota mano estará ligada por siempre a la figura de Titín III, un jugador único e irrepetible que cambió la forma de concebir este bello y tan arraigado deporte.

De raíces familiares muy ligadas a la pelota, Augusto Ibáñez Sacristán (Tricio, La Rioja, 13 de enero de 1969) fue desde muy joven un niño bastante inquieto, dotado de unas cualidades para el deporte innatas para su corta edad, y con un fuerte carácter competitivo que sacaba a relucir cada vez que pisaba el frontón de su pueblo, a escasos metros de la vivienda familiar. Allí daría sus primeros golpes a la pelota, forjando al pelotari que años después se convertiría en leyenda viva del juego más popular del País Vasco.

Si bien es cierto que académicamente no fue un alumno ejemplar, en el ámbito deportivo la cosa era muy distinta, ahí era un verdadero fenómeno. Sus virtudes físicas no eran las mejores, ni su técnica la más depurada, sin embargo, su forma de jugar supuso una auténtica innovación por aquel entonces. Las “planchas” que tanto han sufrido sus rivales en el frontón partido tras partido aprendió a realizarlas gracias al equipo de voleibol del instituto, encabezado por su profesor Javier Solozábal. De esta forma, terminó aplicándolas a su juego de una forma extraordinaria. Compaginó además durante tres años su trabajo en una gasolinera con entrenamientos y competiciones a nivel de aficionado -donde nunca destacaría tanto como lo haría años después a nivel profesional-, hasta que finalmente optó por decantarse a favor de su verdadera pasión: la pelota. Una decisión arriesgada, pero, sin duda, muy acertada por lo que supuso tiempo después. 

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Tras la firma del contrato con la empresa deportiva Asegarce, debutaría como profesional en septiembre de 1992 en el frontón de Baños de Río Tobía (con 23 años). Un primer partido que acabaría perdiendo junto a Maiz II contra Bengoetxea IV y Berna por 22-21, pero en el que dejó muy buenas sensaciones a los allí presentes. De ponerse el buzo azul de la gasolinera cada día, pasó a vestir en pocos meses el traje blanco de pelotari. Pero todo no iba a ser de color de rosa como él esperaba. El cambio tan brusco y tan rápido que experimentó en sus inicios y la dureza de los entrenamientos -dirigidos por su preparador físico Joaquín Plaza- hicieron que decidiera dejar la pelota por un breve periodo de tiempo. El apoyo de su familia y amigos hizo que se replanteara las ideas y decidiera volver a jugar. Desde entonces, no se le volvió a pasar por la cabeza dejar lo que para él era algo más que una simple afición.

En gran parte fue esa preparación tan intensa la que contribuyó a que lograra en 1994, junto a Arretxe, su primera txapela en el Campeonato de España por parejas. Una final en la que fue el mejor, y que serviría como preámbulo de lo que con los años sería su competición fetiche. En 1997 le llegaría su primera oportunidad de hacerse con el título del Cuatro y Medio (la máxima competición individual). Sin embargo, no pudo con el gran Retegi II, que derrotó al “caracolero” por un 22-21 inolvidable. Una derrota muy dura en lo personal que marcó un punto de inflexión en su carrera.

Desde aquel momento su crecimiento en lo deportivo y en lo económico dio un salto de gigante, motivado por su fichaje por la otra gran empresa que gestiona el deporte de la pelota vasca, Aspe. Así, se convirtió en el jugador mejor pagado hasta entonces -alrededor de 3.000 euros por partido-, con una cláusula de rescisión en su contrato de seis millones de euros. Su trabajo y dedicación le permitieron lograr su segunda txapela en el año 2000, de nuevo en el Campeonato por parejas, pero esta vez con Lasa III de compañero.  El delantero riojano tendría de nuevo la opción de conseguir el título de ‘la jaula’ (Cuatro y Medio) en 2003, pero contra todo pronóstico, sería Nagore el que lo consiguiera finalmente. Sin lugar a dudas, uno de los palos más duros que se ha llevado en su carrera deportiva.  

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No abandonó en ningún momento, supo asimilar la cruel derrota y volvió a resurgir el mejor Titín. De nuevo, en 2004, y ahora con Goñi III como zaguero, se volvía a proclamar por tercera vez campeón por parejas. Los ganchos directos y la capacidad de amago del riojano, sumado a una compenetración total con su compañero, hacían que en ocasiones a sus rivales les pareciera imposible hacerle un solo punto a esa fantástica dupla de pelotaris.

Tres años después, en 2007, cuando se encontraba en uno de sus mejores momentos como profesional, llegó una trágica noticia que tiñó de luto la final del Cuatro y Medio que disputaría frente a Abel Barriola el domingo próximo. Su padre Augusto, conocido como Titín I en los frontones, fallecía de un infarto en su pueblo natal. Antes de irse, dejó una frase que muestra el carácter competitivo y a la vez humilde que heredó su hijo: «Algunos en el pueblo desean que el rival tenga una lesión, y yo eso nunca lo he querido. Si gana mi hijo que gane bien, como se debe. Si no merece ganar, que pierda. Así debe ser». Esta triste desgracia le afectó profundamente, incluso le hizo plantearse tirar la toalla. Pero no fue así, de nuevo se repuso del tremendo golpe y logró brindar su primera txapela individual a su difunto padre. A partir de ese momento, todos los partidos que jugaba iban dedicados para él, para su principal valedor, para el que había estado ahí siempre desde que era un niño.

El desgaste de jugar al más alto nivel, los cientos de encuentros disputados y los innumerables choques contra el suelo que se producían en cada partido, habían mermado mucho las articulaciones (en este caso, las rodillas) del delantero riojano. Una sobrecarga que le obligaba a estar en el dique seco algunas semanas durante la temporada, en contra de su voluntad. Pero sus ganas de pisar el frontón cada domingo eran mucho más fuertes que cualquier lesión, así que gracias a un novedoso tratamiento de ácido hialurónico consiguió ir combatiendo lo que, prácticamente, era su único punto vulnerable.

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El triunfo en Bizkaia por 22-15 ante Xala y Laskurain supuso su quinta txapela y la cuarta en el Campeonato de Mano Parejas. La conseguiría en 2012 junto a Merino II, teniendo un significado muy especial, no solo por ser su último título como profesional sino por ser la única que han ganado juntos los dos pelotaris riojanos. Y es que en La Rioja, Titín III será recordado por siempre como un referente del deporte autóctono de la Comunidad. Sus ocho victorias en el torneo de parejas de la Feria de San Mateo hicieron vibrar cada año a los numerosos aficionados que se reunían en las gradas del Frontón Adarraga de Logroño para verle jugar. En ese mismo frontón, sin ir más lejos, una escultura de sus manos preside la entrada al mismo, así como también una gran fotografía suya en la pared de rebote de la cancha. Ese lugar tan especial para él, considerado como su segunda casa, fue el elegido por el natural de Tricio para despedirse de la pelota el pasado mes de octubre, a los 45 años de edad.

Tras una última temporada que dedicó a ir despidiéndose por todos los frontones del circuito -pese a algunos pitos de aficionados que criticaban su reciente puesto como concejal del PP-, el caracolero ponía fin a una dilatada carrera profesional de 22 temporadas, de la que no pudo marcharse con una victoria, pero sí con el cariño y el agradecimiento de una afición que abarrotaba las gradas del Adarraga logroñés. Rodeado de compañeros, amigos y familiares, el que para muchos es considerado el mejor delantero de la historia de la pelota se marchaba entre lágrimas, dejando un vacío imposible de llenar.

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FOTO 5Un pelotari especial, diferente, cercano, ambicioso y muy trabajador; que supo sufrir en los momentos difíciles, levantándose una y otra vez aunque las fuerzas flaqueasen. Un jugador irrepetible que supuso una nueva forma de entender la pelota. Que lució con orgullo la bandera de su tierra en cada txapela conseguida, convirtiéndose en un referente para cualquier riojano que hasta entonces veía en la pelota un deporte circunscrito puramente al País Vasco y Navarra. Un estilo distinto que marcó una época. Sin duda, Titín transformó la pelota en espectáculo. Cada vez que conseguía levantar del asiento al espectador con sus jugadas, cada ovación más que merecida por su entrega en todos los  puntos, era sinónimo de espectáculo. Cualquier aficionado riojano puede recordar con orgullo  momentos imborrables en su longeva y exitosa trayectoria. Y es que se ha ido el pelotari, pero siempre quedará la leyenda. Sus carreras, sus remates, sus estiradas,  y ese aguerrido carácter indómito es lo que identificará por siempre a Augusto Ibáñez Sacristán, Titín III. “Un revolucionario de los frontones”.

@Diego_Alonso23

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