Carlos Boluda, una lucha por volver a ser el mismo

Nada había más gratificante para Carlos que jugar con su padre. Que al otro lado de la red, unos centímetros por encima de él, se situase quien tantas veces le había observado cuando, de pequeño, golpeaba con su raqueta una pelota durante horas a una pared que se convirtió en su mejor entrenador.  Sin saberlo, a base de bolazos, estaba comenzando a escribir una historia de amor y odio que nunca terminó de serigrafiar. Sin saberlo, Carlos Boluda, estaba elaborando una figura que levantaría pasiones desde bien pequeño.

aaDecía desde que comenzó a empuñar la raqueta que quería parecerse a Agassi. Y desde entonces, compaginando siempre durante su infancia estudios y horas en la pista, trabajó para conseguirlo. Su madre le cogía los apuntes cuando él no podía asistir a clase. Mientras, en el club de tenis de Mutxamel, Mariano Martínez, su primer entrenador, empezó a ver que ese joven de melena por encima de la media y aspecto bonachón tenía algo especial, diferente al resto. Competía contra gente mayor que él. Y vencía. Era un adelantado a su edad. Un niño vestido de profesional. Un nombre que empezaba a sonar con fuerza en el panorama tenístico nacional.

Y viajó a Francia en su primera experiencia internacional. Al torneo más prestigioso del mundo junior, a un campeonato donde habían firmado antes nombres que igual les suenan como Ferrero o Rafa Nadal, a Les Petits As. Allí, con un año menos de lo normal, avasalló a sus rivales. Con un aplomo y una solidez que presagiaban un futuro prometedor. Al siguiente curso volvió. Y lo hizo para triunfar de nuevo. Situando su nombre en el mayor escalón. Haciendo historia. Convirtiéndose en el único jugador hasta hoy en día que ha logrado vencer en dos ocasiones en Tarbes.

Carlos siguió ganando. La derrota era una palabra de complejo significado en su diccionario por lo inusual de su uso en su círculo más cercano. Copaba primeras planas, portadas y conversaciones sobre futuras estrellas. Incluso firmó un contrato con Nike por objetivos. Y ahí, las comparaciones con un tal Rafael Nadal empezaron a ser más latentes que nunca. Y no es fácil que te comparen al mejor tenista español de todos los tiempos. Y aptitudes al margen, pues el propio Toni Nadal dijo que Carlos hacía cosas que Rafa no realizaba con su edad, se estaba comparando a un joven en formación con alguien consagrado. Más duro de asimilar, si cabe, para alguien que estaba empezando a comprobar desde dentro que aquello no era tan bonito y simple como jugar con la pared de su casa.

Todo había cambiado para Carlos. Cuando más arriba estás, más dura es la caída. Ya no podía compatibilizar estudios y tenis. Ni siquiera se relacionaba con más chicos de su edad. Estaba absorbido, y empezó a dejar de disfrutar cuando saltaba a la pista. Cambió de entrenador, he hizo algunas correcciones a su tenis que no terminaron de funcionar. Empezó a jugar contra gente mayor que él. La velocidad de la bola ya no era la misma. Y Carlos comenzó a convivir con la derrota de cerca. Y eso no fue fácil.

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La inseguridad y las dudas se apoderaron de él. Aun así competía, porque talento le sobraba, y continuaba arraigado a la victoria. Siempre en la pista central. Siempre con invitación. Hasta que con 17 años, en su particular limbo tenístico, Carlos empezó a sentir molestias en su muñeca. Una tendinitis mal curada se tradujo en dos años casi apartado de las pistas. Sin embargo, lo peor, vendría en su retorno. Inconscientemente cambió el gesto y la derecha dejó de correrle. Perdía muy fácil, y empezó a no querer saltar a una pista de tenis. Desconfianza, miedo, una lucha persistente contra mucho más que cualquier rival.

Era difícil que la situación empeorase, así que Carlos se armó de valor y decidió apostar por lo que tantas sonrisas había sacado durante su vida. Se fue de casa y puso rumbo a Madrid. Allí le esperaba la única persona en la que confiaba ciegamente entonces: Óscar Burrieza. Estaba en proceso de recuperación. “Esto es como el típico caso de un drogadicto que va a un centro a desintoxicarse. Aún sigo teniendo miedo e inseguridades cuando entro a una pista”. Ese fue su mejor virtud. El saber en todo momento lo que estaba sucediéndole. Tajante realidad, valentía para afrontarla.

Ahora Carlos trata de volver a ser un chico normal. A disfrutar del tenis como antaño. Los logros deportivos vendrán o no en función de su estado anímico y personal. Viaja por todo el mundo por torneos que nunca hubiera imaginado pisar cuando sus expectativas rozaban la supremacía tenística. Es su particular dosis de realidad. Una realidad que ha comenzado a valorar y a disfrutar. Y a partir de ahí, quien sabe, quizá Carlos pueda volver a ser el mismo. Dicen que las comparaciones son odiosas. Él lo sufrió en sus propias carnes. Pero se rehízo, volvió y lucha por recuperar lo que durante mucho tiempo parecía sería suyo en el mundo del tenis.

@Adrimariscal

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