Jason Williams, el último jugón

Por: Luis Alonso Agúndez

Para un jugador de baloncesto, llegar a la NBA es lo máximo; pocos son los afortunados que pueden presumir de haber competido en la mejor liga de baloncesto del mundo. Si ya disputar un solo partido en la NBA resulta meritorio, permanecer en la memoria de los aficionados al baloncesto solo está reservado para los más grandes. Jason Williams (Charleston, Virginia, 1975) es un jugador que logró enamorar por su brillante juego a todos los seguidores de este deporte, sin importar el equipo que apoyasen, algo de lo que muy pocos jugadores pueden presumir.

Jason Williams llegó a la NBA en el año 1998, tras ser elegido en la séptima posición del Draft por los Sacramento Kings. Aquel equipo aglutinaba jugadores de la talla de Chris Webber, Peja Stojakovic o Vlade Divac, y practicaba un juego muy vistoso y agradable para el espectador. Era el escenario perfecto para que Williams brillara, y vaya que si lo hizo. Chocolate blanco Williams —así le bautizó el genial Andrés Montes— maravilló a propios y extraños; se trataba de un jugador especial, mágico, diferente al resto; uno de esos tipos por los que se pagaba la entrada, su presencia en el partido era sinónimo de espectáculo garantizado.  Williams, a diferencia de la gran mayoría de jugadores de baloncesto, tenía la capacidad de  sorprenderte en acciones en las que uno pensaba que era imposible sorprenderse; al igual que un natural de Curro Romero en una tarde mala, Jason Williams podía levantarte del asiento con una de sus asistencias de fantasía en medio de una actuación discreta. Era la magia trasladada al baloncesto.

ee

El base de Virginia nunca fue un gran anotador, en su temporada con mejor promedio anotador no llegó a los 15 puntos por partido, y es que su físico terrenal —medía 1,85 cm— no le ayudaba demasiado en este aspecto. La especialidad de Williams era la asistencia. White Chocolat compartía la filosofía de  Toni Kukoc, quien decía que “Una canasta hace feliz a una persona, una asistencia hace feliz a dos”. Pases por la espalda, asistencias sin mirar y alley oops formaban parte del catálogo de Williams. Para el recuerdo queda su pase con el codo a Raef Lafrentz en el partido de los Rookies contra Sophomores de 2000.

Con su inconfundible 55 a la espalda, Williams deslumbraba con sus Kings, equipo protagonista de una NBA post Jordan y necesitada de jugadores carismáticos como el joven base. Williams, que nunca fue una superestrella, se ganó el respeto y la admiración  de todos los aficionados; a diferencia de jugadores superlativos como Kobe Bryant o LeBron James, Williams no era odiado en ningún pabellón, es más, se le quería como si se tratase de un jugador propio, y es que resultaba imposible no caer rendido ante el juego artístico del de Virginia.

qq

Si dentro de la cancha Jason Williams era un jugador atrevido y descaradofuera de ella era todo lo contrario. Se trataba de un tipo desganadotímido, algo pasota y muy indolente con la prensa y aficionados. Sin duda, esta desidia que Williams proyectaba al exterior no le supuso ningún bien y, en parte motivado por ello, Los Kings de Sacramento decidieron traspasarle en 2001 a los Memphis Grizzlies a cambio de Mike Bibby, un base mucho más sobrio y académico que White Chocolate.

Después de tres años repartiendo magia en Sacramento, Williams cambiaba el sol de California por el sosiego de Tenesee. El divorcio no sentó bien a ninguna de las partes; por un lado los Kings perdieron a su mayor talento baloncestístico e iniciaron una cuesta abajo que desembocó en una decadencia en la que sigue sumida la franquicia; por la otra parte Williams dejó de ser ese ilusionista del balón que aparecía con asiduidad en las jugadas más destacadas de la semana. Es cierto que con los Grizzlies Williams logró sus mejores estadísticas y alcanzó los playoffs en dos ocasiones; pero el estallido que se le presuponía en sus primeros años nunca llegó a producirse, pasando a formar parte así de la interminable lista de jóvenes talentos que se quedan en el camino sin llegar a alcanzar el estrellato.

En la temporada 2005-2006 la suerte sonrió a Jason Williams, pues Miami Heat, uno de los mejores equipos de la liga, penso en él para ocupar la posición de base. Por fin un equipo con aspiraciones serias se fijó en Williams. Por fin le llegó la oportunidad al de Virginia. No la dejaría escapar. Con los de Florida Williams recuperó la sonrisa, sintiéndose protagonista y firmando grandes actuaciones. Aquellos Heat, liderados en la cancha por Dwyane Wade y Shaquille O´Neal, y entrenados por Pat Riley, se proclamarían campeones de la NBA esa misma temporadaChocolate Blanco conquistaba el tan ansiado anillo.

Williams estuvo dos años más en Miami, y tras una temporada en blanco y otra en los Orlando Magic, decía adiós a su carrera profesional en 2010. Un talento efímero, un mago del balón que duró poco, pero cuyo legado es inmortal. Sus estadísticas discretas le delatan: no quería ser una superestrella, no quería anotar 50 puntos en un partido; simplemente jugaba para ser feliz, para hacernos disfrutar con su juego a todos los amantes de este deporte. Lo consiguió, y de qué manera. La palabra jugón se inventó para definir a tipos como él.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s