El baile del campéon

Luchar con los puños a modo de arma y protección al mismo tiempo es tan añejo como la vida misma. Los púgiles griegos, que combatían desnudos y llevaban únicamente protecciones en los codos y guantes poco ortodoxos, o los africanos, que en el 4000 A.C ya devenían sus diferencias en un ring, son ejemplos pragmáticos de esto. Vencer como sinónimo de autoridad y grandeza en el pueblo por aquel entonces. Triunfar como sinónimo de éxito y dinero en nuestros días.

Hace algo más de cuarenta años se citaron en la antigua República de Zaire dos de los grandes boxeadores de siempre, Muhammad Ali y George Foreman. Más bien les citaron, porque aquello, boxeo al margen, fue uno de los grandes negocios deportivos de nunca y el mayor intento de lavado de cara que un país ha tratado de llevar a cabo con el deporte como excusa. La primera figura clave en todo esto fue el instigador de la pelea, el promotor Don King. La segunda, el hombre que llevaría a cabo todo lo que envolvió al combate, el criminal y sangriento dictador Mobutu Sese Seko. Había asumido el poder del que por entonces era el Congo Belga mediante un golpe de Estado. En 1971 el país pasó a llamarse Zaire y Mobutu exigió, previo pago de diez millones de dólares, que la pelea debía realizarse en Kinshasa, capital de Zaire, para promocionar a su nación con un evento de tal calado y, de paso, alejar fantasmas de lo que ocurría en su país.

Pero aunque pagues cantidades desorbitadas de dinero por vender una realidad que no existe, todo se vuelve en contra cuando usas, a modo de ring, el Estadio Fortaleza, cuyo interior era utilizado a modo de sala de torturas y de cárcel por el régimen. Allí se iban a enfrentar Foreman  y Ali en un tiempo donde los grandes puños deseaban confraternizar en un mismo espacio y tiempo para demostrar quien reinaba. Y lo hicieron en el mayor combate que ha dado nunca el mundo del boxeo.

CCParafernalias a un lado, ya que el combate tuvo que retrasarse un mes porque uno de los sparrings de Foreman le cortó cerca del ojo derecho, lo que fue aprovechado por Don King y Mobutu para realizar un festival de música en Kinshasa con músicos de la talla de James Brown o Celia Cruz, Foreman, imbatido hasta la fecha, era claramente favorito respecto a Muhammad Ali. Llegó el día, cuatro de la mañana hora local para coincidir con el prime time americano. Sesenta mil  aficionados abarrotando el Estadio Fortaleza, millones detrás de sus pantallas. Un campéon, Foreman (40-0 y 37 nocauts), y un aspirante, Ali (42-2 y 31 nocauts), que había anunciado que realizaría el milagro más grande de la civilización desde la Resurrección de Jesucristo: ser el único en reconquistar su título mundial junto Floyd Patterson. No había mejor escenografía posible.

Sonó la música de Muhammad y emprendió los veinte metros que separaban el túnel de vestuarios del ring bajo el ensordecedor griterío que los allí presentes transformaban homogéneamente en un “¡Ali, boma ye!”, lo que viene a ser un “¡Ali, mátalo!” en lengua lingala. Era el turno de Foreman. El aspirante esperaba junto al árbitro y, cuando el campeón se puso frente a él, le lanzó su primer ataque en forma de palabras: “Desde que eras un chiquillo has oído hablar de mí y me has ido siguiendo. Ahora te toca encontrarte conmigo, con tu maestro”.

Hasta ahí todo parecía normal, pero el sonido de la campana descifró una realidad que ninguno podría haber intuido. El mundo del boxeo estaba acostumbrado a ver a Ali bailar en el ring sutilmente con la punta de los pies. Era lo que tanto le había dado, su máxima. Muhammad flotaba de un lado a otro del ring. Pero aquella noche no. Aquel combate era su combate. Y decidió cambiar de táctica. Uno, dos y tres pasos al centro del cuadrilátero para retroceder hacía las cuerdas, esperar a Foreman, y dejar perplejos a todos y cada uno de los que estaban presenciando el enfrentamiento.

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Ali tendió su particular tela de araña y Foreman, repleto de rabia, cayó en ella. El campeón prendió la mecha del cañón que tenía en su puño y empezó a arremeter contra Muhammad una y otra vez. De la cadera arriba, golpes sin excesivo recorrido pero de eficacia demostrada. Ali bloqueaba, simplemente bloqueaba. Con los codos, con los brazos o cambiando de cuerda para ganar tiempo. Hasta que poco antes de que sonara la campana decretando el final del primer asalto, y con Foreman algo fatigado, Muhammad arropado por sesenta mil “¡Ali, boma ye!” castigó el rostro de su rival aprovechando que había bajado la guardia.

Segundo, tercer y cuarto asaltos fueron copias exactas. Nada de bailar sutilmente por el cuadrilátero. Llegó el quinto asalto, y Ali se sacó otro as de debajo de la manga. “George, ¿eso es todo lo que tienes? Me habían dicho que pegabas duro pero me has desilusionado”. El aspirante había llevado el combate justo donde él quería, a una guerra psicológica que el campeón no supo interpretar. Foreman, enfurecido, arremetía con más y más golpes que Ali defendía sin excesivos problemas mientras esperaba su momento. Hasta que llegó.

Durante el octavo asalto la ofensiva de Foreman era total. El campéon ametrallaba una y otra vez a Ali hasta que se quedó sin munición. Ahí apareció el instinto asesino de Muhammad, a veinte segundos de que sonase la campana. Salió de su escondite, aprovechó la fatiga de su cazador y terminó con todo aquello. Varios ganchos de derecha seguidos, uno de izquierda para desencajar a Foreman y un último ataque mortal con su derecha que sonó en todo el Estadio Fortaleza como una especie de canción fúnebre que decretaba el final del combate.

Ali había cumplido su promesa. Quizá en ese instante no era consciente, pero se había convertido en el más grande de todos los tiempos. Por eso hizo un amago de bailar, de su marca más personal antes de caer desplomado en su esquina. Foreman estuvo un año sin dormir. Ali se coronó en Rumble in the Jungle mientras la noche caía en Kinshasa y el resto del mundo dormía. Muhammad Ali había recuperado su cetro. Sin bailar, mirando a su rival a los ojos, construyendo su propia leyenda.

@Adrimariscal

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