Tragedia griega en Gales

A un piloto se le valora por las carreras que gana, los tiempos que marca, los mundiales o campeonatos en su palmarés. Sin embargo hay un piloto al que hay que valorar por sus derrotas, por su lucha sin tregua hasta el final. Ese piloto es el madrileño Carlos Sainz, “el matador”, para muchos el mejor piloto español de todos los tiempos, con permiso del asturiano que corre en la Fórmula 1. Como si de un personaje de una obra de Esquilo o Eurípides se tratase, Sainz ha sido protagonista de las mayores tragedias automovilísticas que el mundo del motor-sport haya presenciado, en un teatro llamado rally. 

Primer acto: el ascenso al olimpo de los rallyes

A los mandos de un Renault 5 preparado por él mismo y su copiloto, con tan solo 18 años, en 1980 hacía sus primeros kilómetros en el  Rally Shalymar. Desde ahí su progresión en la competición española no hizo más que aumentar. En 1987 y 1988 logró a los mandos del Ford Sierra Corsworth logró sus dos campeonatos de España. Esto hizo que en Japón, la marca Toyota se fijara en el joven piloto madrileño y en 1989 diera el salto al WRC junto a su inseparable Luis Moya. Ahora tocaba representar a España en el mundial y demostrar de qué estaba hecho. Un año después logró su primer mundial a bordo del Toyota Celica. En 1992 se proclamó bicampeón del mundo con el mismo coche que le había hecho campeón y subcampeón dos años atrás. Carlos Sainz inscribía así su nombre en la historia de los campeones WRC, sin saber que sería la última vez que lo haría.

sainz celica

Segundo acto: los vientos de la tragedia comienzan a azotar

Rally de Gran Bretaña, 1991, como si de un preludio de lo que siete años más tarde iba a suceder se tratara, Carlos Sainz a punto de revalidad el título de campeón del mundo, sufre una avería en el coche. La junta de la culata le dice adiós, despidiéndose también del mundial. Tres años después en las mismas tierras galesas, la casualidad quiso que se encontraran unos troncos en mitad de la pista y al esquivarlos se salieran, perdiendo el liderato y el mundial. “La cagamos, Luis” fueron las palabras de Carlos cuando su coche se salía del trazado. En 1997, en el Rally de Nueva Zelanda, atropelló a una oveja que había en la carretera, destrozando el coche y perdiendo el rally. La suerte parecía haber abandonado a Carlos Sainz, que sin embargo no se rendía y seguía pisando a fondo para lograr su tercer título mundial.

Tercer y último acto: a 500 metros de la gloria

Vuelta con Toyota, esta vez con un Corolla, vuelta al monte del calvario, al rally “maldito”, el Rally de Gran Bretaña. En las tierras del dragón rojo, la hermosa Gales iba a ser testigo de la última de las tragedias del piloto español. Tommi Makinen y Carlos Sainz se jugaban su tercer mundial. El primer día del rally el finlandés decía adiós tras un golpe contra un bloque de hormigón que le destrozó la rueda trasera derecha de su Mitsubishi Lancer Evo IV. Sainz tenía el mundial a su alcance, acabar entre los puntos le era suficiente. Todo marchaba bien, Sainz se mantenía en los puntos y rodaba sin prisa pero sin pausa.

sainz fail

Amanecía soleado en Gales, el último tramo de 27 kilómetros era Margam. Sainz sin problemas marchaba a buen ritmo y se acercaba cada vez más a la gloria, por fin iba a llegar tan ansiado tercer título. Con el castillo de Margam de fondo, entre  una hermosa pradera y el público y las cámaras de televisión presentes, a las 14:53 (hora española), Carlos Sainz y Luis Moya afrontan los últimos 700 metros para la meta. De repente el coche empieza a echar humo y sonar raro. El coche comienza a pararse, Luis Moya a pellizcarse, quiere despertar de esa pesadilla, no se cree lo que está pasando. El coche se para, sacan los extintores e intentan apagar el fuego del motor, Moya le grita a Sainz las eternas palabras de la desgracia: “¡trata de arrancarlo, trata de arrancarlo Carlos, trata de arrancarlo, trata de arrancarlo por Dios!”. Una biela había salido disparada de su sitio, el coche no podía arrancar, no había nada que hacer, ni siquiera empujar hasta la meta, después debían hacer 70 km de enlace. Luis Moya entraba en cólera y lo pagaba con el coche propinándole patadas y arrojando después el casco contra la luna trasera. No se podían creer donde se habían quedado, a 500 metros. “Parece increíble que suceda algo así. Sólo faltaban unos quinientos metros… No se puede tener na mala suerte”, dijo “el matador” vencido por la desdicha divina que le había golpeado.

Mientras en el control de llegada la esposa de Sainz y su manager Juanjo Lacalle  se enteran de la noticia, que les golpea como si del martillo del mismísimo hijo de Odín se tratase. Estupefactos tratan de confirmar que Carlos no ha podido acabar, lo mismo que el equipo de mecánicos, que también se quedan atónitos al escuchar por radio que el coche se ha roto antes de acabar, a tan solo 500 metros de la meta. A Makinen le estaban entrevistando en el hotel antes de irse de vuelta a casa con el subcampeonato en la maleta, cuando de repente recibe una llamada al móvil. Sin saber si estaba escuchando mal o si era un broma pesada, le comunican que el coche de Sainz se había incendiado antes de llegar a la meta, acababa de ganar su tercer mundial de manera consecutiva desde el hotel. Mientras aún con el coche humeante, Moya sigue abatido sentado en su asiento. Sainz se ha alejado unos metros destrozado por la impotencia y la crueldad del momento. Un helicóptero le recoge y se marcha sobrevolando la meta que debió atravesar a ras del suelo. Nunca volvió a tener tan cerca otro título hasta que se retirase en 2004, fue la última de las tragedias.

@DavidNavallica

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