La guerra en un tablero

Una de las mayores rivalidades del deporte mundial brotó de la extinta Unión Soviética. Más allá de representar dos modos de entender el ajedrez, los duelos entre Kárpov y Kasparov eran mucho más que eso: maneras e ideales confrontadas en un país que vivía unos tiempos difíciles. Desde 1975, el ajedrez mundial gozaba de un nuevo dominador mundial: Anatoli Kárpov, que fue el hombre que logró despojar al norteamericano Bobby Fischer de ser el mejor maestro en la materia.

A pesar de ello, nunca llegó a derrotarle, pues pese a ganarse el derecho a despojarle de su corona, Fischer renunció a defender su título frente al soviético. A pesar de lo exitoso y fulgurante de la carrera de Kárpov, el hecho de haberse aupado como campeón mundial sin habersélo arrebatado directamente en una partida al maestro americano causó un mar de dudas en torno a su figura de ocupante del trono mundial. Sus defensas posteriores del título ante su compatriota el maestro Víktor Korchnói saldadas con cómodas victorias además de vencer en numerosos torneos le granjearon la fama de un campeón autoritario. Kárpov se convirtió entonces por méritos propios en el dominador autoritario del ajedrez. El preferido por el oficialismo se convirtió en un arma perfecta de propaganda para la Unión Soviética.

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A inicios de la década de los 80, un joven originario de Bakú comenzaba a abrirse camino en el olimpo del ajedrez mundial a una edad muy temprana. No era otro que Gari Kaspárov, que más adelante se convertiría en la bestia negra del gran campeón soviético. Su ascenso meteórico logrando victorias por los tableros más importantes del mundo le hicieron lograr la oportunidad de retar cara a cara en 1984 a Kárpov, lo que se convertiría en la primera de muchas batallas entre compatriotas en una rivalidad que trascendería más allá de la URSS.

La primera cita entre ambos maestros se produciría en Moscú en septiembre de 1984. Había llegado el momento de ver cara a cara, negras contra blancas, al experimentado campeón Kárpov contra un joven de 21 años que traía aire fresco al mundo del ajedrez. Ambos soviéticos, su partida por la corona mundial se convirtió en un escaparate y elemento de propaganda perfecto para el país comunista. La final fue más igualada de lo esperado a pesar del inicio vencedor del campeón vigente. Un 5-0 para Karpov que hacía presagiar que la corona sería retenida. Pero entonces Kasparov comenzaría una remontada y a anotarse una serie de victorias que igualarían la contienda. Una contienda que cada vez se hacía más larga y entró en el año 1985. Una eternización que acabaría por provocar una decisión en el presidente de la Federación Internacional tan discutida como inentendible: la partida quedaba anulada porque en palabras del mandatario filipino. “Un match por el campeonato del mundo no puede convertirse en una carrera de resistencia”. Y ahí quedó la cosa.

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Al año siguiente sin embargo habría otra oportunidad de ver el gran duelo del ajedrez mundial: los dos maestros soviéticos se verían las caras de nuevo en la gran Moscú. Esta vez sí que las partidas se saldarían con un nuevo y flamante campeón: el ogro de Bakú. 13-11 en el marcador global y una derrota dolorosa para Karpov, que no sería la primera. Al siguiente año, Londres acogería el tercer round entre ambos, en el que el joven campeón retendría su corona ante el experimentado Karpov. Otra frustación para el otrora dominador, que había encontrado en el de Bakú la horma de su zapato. Dos derrotas más en finales por el entorchado mundial se anotarían en el récord de Karpov, en Sevilla (empate a 12 partidas, pero Kasparov mantuvo el título) y en 1990 en la final disputada entre Nueva York y a ciudad francesa de Lyon. El antiguo campeón jamás ganaría en un combate directo por el título a su nuevo antagonista. Sí se enfrentarían en otros torneos de menor calado.

La brutal rivalidad entre ambos no solamente se trataba de un enfrentamiento deportivo, tenía más relevancia que simplemente eso. Cada uno representaba una URSS diferente: Karpov el tradicionalismo soviético y era el preferido de los altos mandos del país. Kasparov representaba la visión no tan centralista y de aires diferentes debido a su procedencia azerí. La importancia de su rivalidad aupó al ajedrez a una de sus épocas más gloriosas de su propia historia, con una expectación mundial enorme cada vez que se enfrentaban frente a un tablero. También eran luchas de orgullo personal, de quiénes se convierten en enemigos. Una antagonismo de otro planeta que estará siempre en la historia del deporte como unos de los más significativos existentes y difícil de superar.

@Cristiangm11

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