La vida por unos colores

No es fácil encontrar casos de lealtad pura a unos colores en los tiempos que corren. Al menos en el viejo continente. Al otro lado del charco, en Sudamérica, todo es mucho más romántico. No se es de un equipo porque sí. Hay una historia detrás, un sentimiento que dignifica los colores de la elástica del club. En Argentina saben de lo que les hablo. Sobre todo, en un pequeño barrio de la ciudad de Buenos Aires llamado Boedo. Allí juega y se siente a San Lorenzo de Almagro. Allí juega y se siente al Ciclón.

San Lorenzo juega en el Pedro Bidegain. En el primer piso del Nuevo Gasómetro, llamado así también popularmente entre sus hinchas, hay un museo que recorre la centenaria historia del club. Vitrinas repletas de trofeos, bustos de futbolistas de la entidad, algún balón deshilachado y camisetas que perfuman la sala de la épica de quienes la lucieron con orgullo. Pero no reparen en esto. No es algo muy distinto a lo que puedan encontrar en cualquier otro estadio de cualquier gran club. Quédense con quien le da nombre al museo. No destacaba por una técnica depurada, ni por enviar a la red cada balón que tocaban sus botas. Hizo algo que cualquier aficionado de San Lorenzo valoro mucho más que todo esto. Jacobo Urso sentía como nadie  el escudo que lucía en su pecho. Hasta el punto de dar su vida por él.

“No lo lamento por mí, sino por mi club que necesita de mis esfuerzos para escalar los puestos que coloquen a San Lorenzo en la cabeza del campeonato. Con las tribunas que hemos construido, San Lorenzo es el mejor club de Buenos Aires”. Fue una de sus últimas frases, en el hospital y ya muy lejos de un mundo al que se le acababa la luz de Jacobo. No le importaba su salud, ni si estaba o no a punto de morir. Necesitaba hacer saber a los suyos lo que el Cuervo había significado para él.

Nacido en Dolores, cual caprichoso es el destino a veces, por cierto, ingresó en las categorías inferiores del club con 15 años. Era bravura, corazón y voluntad. La representación perfecta, el paralelismo ideal entre afición y jugador en el Boedo. Nunca destacó. Ni copaba portadas. Él entrenaba, jugaba y se vaciaba en cada choque. Desde su posición de volante izquierdo, en ocasiones contadas mediocentro, no tardó en progresar en la entidad. En apenas un año pasó de la tercera división al primer equipo, de las canchas de barro al verde impoluto al que magnificaban las 75.000 personas que podían llegar a alentar al Ciclón en el Antiguo Gasómetro.

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No era nada fuera de lo común. Pero tenía ese algo que gusta por allí. Ese algo competitivo. Ese algo que, sin saberlo, acabaría llevándole a la muerte. Corría la decimotercera fecha del campeonato argentino. San Lorenzo se desplazó los 7,3 kilómetros que separaban Boedo del barrio de Palermo para enfrentarse a Estudiantes. Aquel día Jacobo jugó de mediocentro. No acostumbraba, pero su arrojo y entereza le permitían hacerlo con garantías.

Fue a los diez minutos del segundo acto cuando, con empate en el marcador, Jacobo empezó a construir su propia tumba. En un lance del juego chocó con Comolli y Van Kammenade. Fue un golpe durísimo. Estuvo varios minutos en el suelo tendido, casi inconsciente y escupiendo sangre por la boca. Enseguida su entrenador quiso retirarlo del terreno de juego, pero la lealtad de Jacobo a San Lorenzo iba más allá de aquello. No se podían realizar cambios por aquel entonces, y Urso no concebía de ninguna de las maneras dejar a su equipo con un jugador menos.

Apretó en los dientes un pañuelo blanco impoluto y siguió jugando a pesar de las advertencias de su cuerpo de que no lo hiciera. El pañuelo paso a estar totalmente impregnado por un rojo más sangre que nunca. Pero siguió. Continuó luchando como el que más. Agarró un balón y gano línea de fondo. Centro, con su zurda, con la zurda que nunca más volvería a centrar. La jugada acabó con el gol que daría el triunfo a San Lorenzo. Pero eso Jacobo ya no lo vio. Se había desvanecido tras aquel esfuerzo y su cuerpo había dicho basta.

Enseguida fue trasladado al hospital. Una costilla fracturada, completamente hundida e incrustada en el pulmón. Jacobo luchó como nunca para ganar su partido. Fiel a lo que le había llevado hasta allí. Pero fue demasiado para él. Una semana y dos operaciones después, Jacobo Urso murió. De la forma que seguramente hubiera elegido si hubiese podido. Por San Lorenzo. Por la azulgrana. Por una hinchada que aún hoy, noventa y dos años después, tiene a Jacobo presente como ejemplo de amor a unos colores.

@Adrimariscal

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