El salto del canguro

Por: Luis Tejo Machuca

Ir a ver un partido al Ďolíček es una misión reservada únicamente a los más valientes. Pronunciar correctamente el nombre del estadio, para que el checo medio (generalmente hostil con los extranjeros) lo entienda, ya de por sí requiere su tiempo de práctica. Una vez localizado, y encontrada la línea de tranvía que deje cerca, más vale abrigarse. Hace frío. Mucho. En el idioma local podría traducirse como “surco”, ya que en origen el campo se construyó aprovechando un pequeño hundimiento del terreno, suficiente para que la temperatura sea unos cuantos grados más baja que en el resto de Praga; las apenas 5.000 personas que se juntan el día que el recinto se llena tampoco dan mucho calor. Además, un encuentro allí será de la liga Synot, o de la FNL los años flojos. Ninguna de las dos categorías más altas del país es especialmente atractiva para el espectador por su nivel de juego.

No obstante, el Bohemians 1905 ha hecho a lo largo de su historia reciente méritos para hacerse un hueco en el corazón de los aficionados que quieran ir más allá de los eternos Sparta y Slavia, o del ominoso y recientemente resucitado Dukla. Los verdiblancos, desde su barrio sureño de Vršovice, han sido siempre un equipo más o menos modesto, alejado de los círculos de poder, pero siempre dispuesto a incordiar a los pesos pesados y a mantener su cuota de aficionados irreductibles. Fundados en el año que se indica en su denominación, han cambiado de identidad en numerosas ocasiones; no fue hasta 1927 cuando, tras una gira por Australia, se ganaron el calificativo en inglés, único en el fútbol checo, ante la imposibilidad de los aborígenes de leer su nombre original. De allí se trajeron también a su mascota, un canguro que donaron al zoo de Praga y que se quedó para siempre en su escudo.

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Tras numerosos altibajos y desavenencias con el gobierno comunista, que incluso les prohibió utilizar durante casi dos décadas el término anglosajón, la época dorada les llegó a finales de los ’70 y principios de los ’80. De la mano del genial Antonín Panenka, que tan famoso se había hecho gracias a su penalti con la selección checoslovaca, el club creció y se convirtió en uno de los más poderosos. El gran éxito llegó en 1983, con el único título de Liga que hay por ahora en las vitrinas del club, aunque el mediapunta bigotón no lo pudo protagonizar por haber sido traspasado poco antes al Rapid de Viena.

La gloria fue efímera. Tan pronto como en 1987 la mala gestión de sus dirigentes supuso una sanción económica al club, que nunca pudo recuperarse del todo. En 1993, con la caída del régimen, se dio un cambio administrativo similar al visto en muchos otros clubes del este, pero que acabaría trayendo consecuencias: el equipo de fútbol se escindió para convertirse en una entidad separada de la franquicia  (TJ Bohemians) que gestionaba las otras actividades sociales, tales como el mantenimiento de gimnasios y otras escuelas deportivas. No siendo más que un trámite, esta situación no afectó en gran medida al balompié, que malvivió en la zona media o baja de la tabla durante los siguientes decenios, hasta llegar a 2005.

El centenario no pudo ser más catastrófico, ya que una crisis económica se llevó por delante al club y lo obligó a descender por deudas hasta la tercera categoría. En ese momento, un grupo de empresarios con participación en el TJ optó por comprar la licencia del Střížkov, un oscuro club de un suburbio del norte con el que nunca había habido ningún tipo de relación. Gracias a este acuerdo pudieron “resucitar” a los verdiblancos… pero de una forma que no gustó nada a la afición. La hinchada del Ďolíček veía a los hombres de negocios como unos advenedizos que no querían más que sacar tajada de su pasión, y al nuevo equipo como un engendro artificial, así que, pese a la fama de ser de las más fieles de Chequia, les dieron la espalda.

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En su lugar, ocurrió lo inesperado. Las deudas del Bohemians “original” eran tales que, incluso en tercera división, su supervivencia era dificilísima. Los seguidores organizaron una colecta que permitió al equipo, rebautizado con el año de fundación para marcar su vínculo con la historia, empezar de nuevo desde abajo. Y el canguro saltó: con Panenka de presidente por aclamación popular, de un par de brincos el club de la gente logró recuperar su puesto en la élite.

Una especie de justicia poética ha hecho que, desde entonces, las cosas le hayan ido mucho mejor al “auténtico” Bohemians, que se ha consolidado en la máxima categoría. Los “falsos” también llegaron a estar en la élite, de hecho un año coincidieron, y la alegría para los de Panenka fue completa al ver no sólo que conseguían empatar uno de los partidos y ganar por goleada el otro, sino que los usurpadores acababan la temporada en la última plaza. No ocurre muchas veces que David gane a Goliat, y menos que lo haga a lomos de un marsupial saltarín, pero cuando pasa, la satisfacción es incomparable.

@tejomachuca

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