El fútbol como recurso literario

Por: José Manuel Sánchez Moro

Me contó un amigo librero que Félix Romeo, un intelectual metido a narrador y activista contracultural (un suceso atemporal y único en nuestras letras, como dijo Javier Cercas), era de fácil enfado. Nada más había que hablar mal del Zaragoza. Claro, que eran aquellos tiempos de Villa, Milito y Ewerthon y las disputas coperas, aquella final en Montjuïc o el 6-1 en la Romareda, contra el Madrid errante que siguió a la consecución de la novena copa de Europa. A Gonzalo Hidalgo Bayal, del que sus colegas de oficio dicen que hablar con él de lecturas es absurdo (cuando vas él viene de vuelta), le tomó conferenciando en la feria del libro de Salamanca el gol de Godín en el Nou Camp. Su equipo de toda la vida, que casi veinte años después, quién lo iba a decir, se proclamó campeón de liga. Desde que Borges dijo aquello de que el fútbol es popular porque la estupidez humana es popular, y como es Borges se tomó como doctrina, pocos osados han enredado literatura y fútbol.

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Es cierto que Camus fue portero aunque en sus textos no hay la más mínima referencia al fútbol. Y, al arquero o guardameta, se le han debido gran parte de los textos, que son pocos, dedicados al fútbol. En los tiempos en los que el portero gastaba gorra sin viseras, en Orihuela, un pueblo de Alicante, se fue a golpear la cabeza con el poste el portero titular del equipo de la localidad, Lolo. Miguel Hernández, que por la pinta era de allí, de Orihuela,  le dedicó al tal Lolo, con quien tanto querría, una elegía. Hernández, por entonces no habría mucho entendido en tácticas, y volviendo a la gorra –sin visera-, habla del fútbol como un espectáculo cercano al toreo. Tu gorra, sin visera / de tu manida testa fue lanzada / como oreja tercera /al área que a tus pasos fue frontera. El poema se incluye en uno de los libros más decisivos en la trayectoria de Miguel Hernández, El rayo que no cesa. El segundo de su trayectoria, en el que sólo tres poemas –uno de ellos es este elegía al guardameta- esquivan la estructura del soneto. Es este un poema de transición, de evolución desde el neogongorismo a las nuevas formas de la poesía impura y nerudiana. Está marcado por una sintaxis rota y continuas figuras poéticas inaprensibles por el lector común y llano. Pese a ello, deja algunas perlas: Ya no pones obstáculos de mano al ímpetu/ a la bota en los que el gol avanza/ Pide en vano, tu equipo en la derrota, /tus bien brincados saques de pelota. Este poema no es sin la influencia de otro que Alberti dedica al portero húngaro el Barça, Franz Platko.

Si uno cruza el charco, Argentina y las distintas regiones sudamericanas que tienen en su códigos el fútbol como bandera y religión, se topa con el imaginario colectivo de generaciones enteras en las que la figura del “Diego” se afianza con esplendor y nostalgia, tanto como el popular gaucho Martín Fierro de José Hernández o libertadores como Martí o Bolívar. Un escritor colombiano, procedente del cafetero departamento de Caldas, Octavio Escobar, uno de los que en la actualidad posee mayor proyección internacional, tiene una peculiar manía. No ya su estilo, impredecible –puedes encontrarte con voces narrativas en segunda persona, cuentos que solo son diálogos, alteraciones gramaticales-, sino sus temáticas. Así como Terenci Moix recuperó a Monroe o Andy Warhol formalizó el pop art, Octavio Escobar tuerce el gesto hacia Mónica Pont, Rilke, la propia Marilyn o Diego Armando Maradona.

En un cuento, incluido en la antología Estrechando Círculos en la que se hermana o separa a cara y cruz la literatura de Caldas y la de Extremadura, Octavio Escobar nos acerca a la figura imaginaria de un jugador que compartió vestuario en la selección argentina con el barrilete cósmico en sus tiempos de gloria en el 86. Lo entrañable del cuento, titulado -revelador- “Después del domingo”, está en las expresiones lingüísticas, atestadas de localismos, por los que sabemos que no se marcan faltas, sino que se cobran y que Maradona no es Maradona sino Dieguito. Se relata el ocaso de un veterano futbolista de segunda fila, que tiene una familia a la que desatiende y que está en todas las quinielas para conseguir el coche que, a modo de prima, caerá en gracia del jugador más laureado del equipo si se consigue el objetivo final. La vida de un futbolista que en su día tuvo cierto relumbrón entremezclada con los problemas cotidianos de una familia normal (roces con su mujer a causa de la tensión por una hija que se ve de cine en cine con un novio) nos acerca de manera curiosa y efectiva a las bambalinas del fútbol que queda tras las cámaras.

Salvando el capítulo de los futbolistas que vertebran el relato siendo protagonistas, tropezamos con un escritor que “escribe para poder beber”, Rafel Reig. Tiene bigote y es un buen ajedrecista, al que le gustan las mujeres. Reconocido izquierdista, desarrolla su labor en Eldiario.es y es, convencido de que la poesía no vende pero da prestigio, novelista, en la casa Tusquets Editores. Allí, por el año 2011, apareció su libro, que fue Premio Tusquets de Novela –uno de los premios más selecto de nuestro panorama- “Todo está perdonado”. En ella, volviendo al tópico borgiano ya referido anteriormente de fútbol y estupidez como sucesos popularizados al mismo nivel, el deporte rey sirve de tapadera para cometer crímenes e investigarlos. Y qué fútbol. La selección española de Aragonés, Senna y Xavi, en la Eurocopa de 2008. Todo el país paralizado. Viejos señores que habían abandonado el alcohol, vuelven a él tres años después gracias al fútbol. “Tres años escuchando la vida sin música”, dirá Reig. Siempre tratado desde una óptica hipnótica e idiotizadora, el motor del fútbol dará pulso a la novela que entrecruza distintas épocas y tramas con gran habilidad. Esto nos recuerda en el comienzo:

Fase eliminatoria

Había perdido toda esperanza de ver a España otra vez campeona en una Eurocopa. Nos faltaba fe en nosotros mismos. En noviembre de 2007 habíamos pasado la fase eliminatoria al ganar a Irlanda del Norte. Hizo falta la lesión de Torres para que Luis Aragonés, ese formidable cabezota, ese camandulero repleto de soberbia, alineara por fin juntos a Cesc, Iniesta, Silva y Xavi. Funcionó, aunque nos quedamos muy cortos en el área, tal y como yo había dicho que pasaría. Al final un solo tiro de Xavi consiguió refutar aquel dogma de fe sobre el que se construía el juego del equipo: que había que llegar con el balón atado a los cordones de las botas hasta la línea de gol. ¿Ah, sí? Pues a más de veinticinco metros disparó Xavi, el balón rebotó en la cabeza atónita de Craigan y se metió en la portería de Taylor:

¡Gooooool! ¡Gol de España, señores!

Tengo que confesar que yo era partidario de Raúl, he sido y soy raulista, y no me da ninguna vergüenza, y se me hacía antipático Luis Aragonés: nunca había soportado que le llamaran “el sabio de Hortaleza” ni esa voz de hipnotizador con la que hacía creer que sus palabras significaban siempre más de lo que en realidad decía, que aquello tenía su intríngulis, como si hablara en cursiva.

Cuartos del final

Pero pasamos. ¿Así que nunca íbamos a pasar de cuartos? Pues ya hemos “pasao”. Vaya que si pasamos. Derrotamos a Italia, aunque fuera por penaltis, pero “con alma y corazón”.

 ¡No pasarán!, gritaban por las calles.

¡No pasarán!, se oía a todas horas

por plazas y plazuelas con voces miserables.

¡Ya hemos pasao!

Ya hemos pasao y estamos en las Cavas.

Ya hemos pasao con alma y corazón.

Ya hemos pasao y estamos esperando

pa’ ver caer la porra de la Gobernación.

Ya hemos pasao, decimos los facciosos.

Ya hemos pasao, gritamos los rebeldes.

Ya hemos pasao y estamos en el Prado

mirando frente a frente a la señá Cibeles.

@_puratura

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