Nate Davis, el extraterrestre olvidado

Si buscan por ahí alguna opinión de cualquiera que haya visto jugar a Nate Davis no encontrarán mucha variedad. De hecho, lo más probable es que encuentren la unanimidad por respuesta. La unanimidad del poderío absoluto bajo los tableros. La unanimidad del poderío absoluto en la pintura y fuera de ella. La unanimidad del que ha visto jugar a un fuera de serie. Mario Pescara, su entrenador, quien estaba cansado de verle exhibición tras exhibición lo definió como un auténtico extraterrestre. Esa apariencia afable interiorizada en su 1,94 de altura tenía algo especial, distintivo, casi mágico.

No nació en el lugar ni en el entorno idóneo para desarrollar sus aptitudes. Desde bien pequeño, Nate tuvo que ingeniárselas para poder disfrutar del baloncesto. Hacerlo donde sólo juegan los buenos. En el barrio, la mejor de las escuelas. Día y noche. Noche y día hasta que sonará la bocina con su particular tiempo muerto para comer algo rápido. No era buena época para ser negro más allá de los límites de su distrito. Colegios para blancos e imposibilidad de ir a ciertos lugares públicos. Pero eso no iba a ser obstáculo para Nate. Él quería triunfar. Salir de Columbia. Demostrar al mundo sus dotes sobre el parqué.

SSS

En el equipo del instituto Davis ya era diferente. Se ponía la capa y volaba por encima del resto. Vuelo ND-35 directo hacía la canasta. Vuelo ND-35 directo a una esfera más. Era un talento salvaje, indomesticable en un lugar que se le quedaba pequeño. Su hegemonía en el instituto terminó con su dorsal 35 retirado, colgado en lo alto de la cancha y con un billete de ida hacía la profesionalidad en la liga universitaria defendiendo a Carolina del Sur. Allí estuvo cuatro años y superó la barrera de los 1300 puntos. Era el momento de dar el paso. De llegar a la élite del baloncesto mundial. La mejor liga del mundo esperaba a un tipo que físicamente desmenuzaba a sus rivales. La NBA le iba como anillo al dedo a Nate. O eso parecía. Pero nada más lejos de la realidad. Pese a jugar a buen nivel durante sus años en la universidad.

Pero no tuvo suerte. Perteneció a una de las grandes generaciones de baloncesto universitario de nunca con los Alex English, Mike Dunleavy, Brian Winters y compañía y fue seleccionado en el puesto 50 del Draft por los Chicago Bulls. Era difícil sobresalir con esos nombres en tu mismo equipo. Desafortunadamente, no había sitio para Davis en la NBA. Tuvo que regresar a casa y trabajar de ayudante del sheriff durante una época. Hasta que un día, sonó el teléfono. Al otro lado, imponente, Antonio Gasca. Su idilio con España y su baloncesto acababa de comenzar.

Nate llegó a San Sebastián con las expectativas muy altas. Venía a sustituir en Astatuak a Essie Hollies, otro de los grandes talentos que engrandecieron el baloncesto patrio. Y las superó. Desde el primer momento. Entrenando y compitiendo. Deshaciéndose de sus rivales con pasmosa facilidad, viendo aro contrario como si fuese una portería. Quería demostrar su valor. Y lo terminó de hacer en aquel duelo ante el Real Madrid en el que anotó 55 puntos. No pudo evitar la derrota de su equipo, pero se exhibió. Él y Astatuak, que pocas veces vivió un ambiente como el de aquella tarde en el pabellón de Anoeta. Pero no se iba a quedar ahí.

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En 1979 fichó por el Miñón Valladolid. En su primer año allí, se encumbró como máximo anotador de la competición con una media de 29,7 puntos sin que existiera aún el lanzamiento de tres. Era un jugador tremendamente ágil, felino. Tenía un gesto natural en el lanzamiento, se paraba, lanzaba  y anotaba. Como el que va a su trabajo día sí y día también. Así era Nate. Fue un impacto brutal. Lo más parecido a una NBA que aún quedaba lejos a España. Una actuación diaria. Un show por y para él al que Carmelo Cabrera acompañaba con su batuta. En Valladolid dejó otro de sus partidos para la historia. Con el escafoides de la mano izquierda roto, Nate no disputó ni un solo minuto en lo que estaba siendo la derrota de su equipo ante el OAR Ferrol. Tras el descanso, decidió salir a la cancha. Veintiséis puntos abajo. Lo metió todo. El pabellón se convirtió en una olla a presión. El Valladolid, con Nate con una mano, terminó remontando y ganando aquel partido. Fue algo único. A la altura de muy pocos. El reconocimiento de una grada que saltó a la cancha nada más terminar aquella proeza, simplemente era una muestra más del cariño que le profesaban a Nate. Un cariño que él mismo se ganaba. Dentro y fuera de la cancha.

Tras tres temporadas idílicas en Valladolid, Nate volvió a probar fortuna en la NBA. De nuevo, se le cerró la puerta del olimpo. Fuera por su deficiente faceta defensiva  o por la falta de ayuda en un momento donde tener a alguien a tu lado con contactos era francamente recomendable, Davis no estaba hecho para triunfar en la NBA. Regresó a España. A Obradoiro, donde disputó solamente doce partidos. Suficientes para establecer el récord individual de anotación del equipo en un duelo ante el Baskonia.

EDDD

Hasta que apareció Ferrol. Su mayor contraste. La tierra que le acogió como un hijo y que le vio partir como cualquier madre enternecida. Máximo anotador de la ya por entonces ACB, Nate sufrió  una serie de reveses que le apartaron de las canchas durante mucho tiempo. Primero, su rotura de clavícula. Segundo, la enfermedad de su mujer Anne. Durante el parto de su segundo hijo, la esposa de Nate perdió mucha sangre. Se le realizó una transfusión de cinco bolsas para compensar aquello sin saber que, sin querer, la estaban mandando a la tumba. Una de ellas estaba infectada por el virus VIH, totalmente desconocido en aquel entonces y sin cura conocida.

Davis perdió toda su fortuna en busca de una mínima posibilidad de salvación para Anne en un país donde la medicina es privada. Pero no lo consiguió. Anne murió. Nate había sufrido el mayor varapalo de su vida. Pero no era tiempo para sumergirse en lágrimas. Ni mucho menos de agachar la cabeza. Tenía una familia que sacar adelante y se puso a trabajar como guarda de seguridad. También fue mensajero y conserje. Cualquier cosa valía. Por su familia, por sus hijos.

Su vida en España, su magnitud como jugador de baloncesto, poco o nada valía allí. Él era uno más. Abocado a una vida que le tocó vivir, que él no había elegido, que era fundamental para sacar a su familia adelante. Nate no volvió a jugar a baloncesto a nivel profesional. Había despertado de un sueño donde fue realmente feliz. Sin necesidad de jugar en grandes equipos. Disfrutando de cada partido, de cada ciudad, de cada compañero con el que compartió vestuario. Fue leyenda. Una leyenda a la que no se valoró a escala global. Una leyenda afincada en el corazón de cada uno de los aficionados a los que representó sobre el parqué. Fue el Nate Davis jugador, el mayor extraterrestre que ha visto una cancha de España, el ídolo de cualquier aficionado, el baloncesto hecho persona.

@Adrimariscal

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