Mark Spitz, el tiburón olímpico

Hasta que hace unos años un tal Michael Phelps batió su récord, Mark Spitz era el deportista con más metales en unos mismos Juegos Olímpicos. Su hambre voraz, y su fracaso en las Olimpiadas de México en 1968, le habían llevado a dar un auténtico recital sobre el agua de Munich cuatro más tarde. Con tan solo veintidós años había entrado en el olimpo de la natación y del deporte mundial. Casi había aprendido antes a nadar que a hablar. La piscina era su hábitat natural. En ella se sentía superior al resto.

Desde bien pequeño Spitz estuvo en contacto con el agua. Que sus padres se trasladasen a Hawai por motivos laborales tuvo mucho que ver en la pasión del joven Mark. Regresó a California, y posteriormente continúo su viaje hasta Santa Clara para entrenar a las órdenes de George Haines. Su brazada en el estilo mariposa era magnífica, se abría paso entre el agua con una facilidad pasmosa. Tuvo un ascenso meteórico, en 1967 había conquistado cinco metales en los Juegos Panamericanos de Canadá. Era su momento. George Haines, conocedor como pocos del mundo de la natación, lo incluyó en el equipo olímpico estadounidense de México 1968. Con tan solo dieciocho años, iba a disputar sus primeros JJOO.

Su primer momento de gloria quizá le llego muy pronto. Aún era joven. Y eso, si no se sabe llevar, puede resultar perjudicial. Antes de la cita olímpica Spitz aseguró que ganaría seis medallas de oro y batiría el récord de Don Schollander. Pecó de arrogancia. De soberbia e insolencia. Dos oros en otras tantas carreras de relevos, una plata y un bronce fueron su botín. Nada mal para un debutante de no haber sido por sus declaraciones. Recibió una lección. Aprendió que antes de hablar, deben demostrarse las cosas.  Y la asumió. Desde ese momento su único objetivo era Munich. Su oportunidad de resarcirse tenía fecha y lugar. Y la iba a aprovechar.

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Y vaya si lo hizo. Siete pruebas. Siete triunfos. Siete récords del mundo y otras tantas medallas de oro. Se impuso en los 100 y 200 metros libres y mariposa. Además, colaboró con sus compatriotas para aupar a Estados Unidos a lo más alto del pódium en tres pruebas más. Su grotesco bigote copaba las portadas deportivas del momento. Spitz derribó dos barreras. La primera, los cinco oros que conquistó Schollander. La segunda, los seis oros que obtuvo en unos mismos Juegos Olímpicos el esgrimista italiano Nedo Nadi. Su último oro fue el broche a una actuación perfecta.

A pesar de todo, Spitz seguía manteniendo ese toque infantil y pueril que tan malas pasadas le había jugado. Durante la ceremonia de entrega de medallas, al recoger su tercer oro, Spitz subió al pódium con algo escondido en su espalda. Eran unas zapatillas de Adidas, la marca que le vestía. El COI estuvo a punto de descalificarle por ese descarado acto publicitario. Sin embargo, la transcendencia que podía adquirir aquel hecho hizo que no sucediese nada y Spitz salió impune de todo aquello.

El nadador norteamericano hizo gala de su actitud incoherente. Con veintidós años, en la cima de su carrera, decidió que era el momento de dejar de competir. Incomprensiblemente. La exuberancia del mundo del espectáculo le sedujo. Ahí no triunfó. No tenía los tributos necesarios que si poseía cuando saltaba a una piscina. A partir de ese momento Spitz se dedicó a administrar su fortuna. Fue imagen de numerosas marcas y trató de iniciar una carrera como actor que nunca llego a despegar. Todo aquello le quedaba grande.

Incluso le volvió a picar el gusanillo de la competición de clasificarse para las Olimpiadas de Barcelona a sus 41 años. Pero ya era tarde. No lo consiguió. Su vida había tomado unos derroteros convergentes a la competición. A día de hoy ofrece conferencias motivacionales por todo el mundo y está muy vinculado a la religión judía. Con once medallas olímpicas colgadas de su cuello puso punto y final a un idilio que podía haber marcado una época. Él lo decidió así. Quien sabe si Michael Phelps hubiera podido superarle.

@Adrimariscal

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