El Partizán de Fuenlabrada

A finales del siglo XX, la Guerra de los Balcanes obligó al Partizán de Belgrado a disputar sus partidos lejos de casa. Fuenlabrada acogió a este equipo plagado de jóvenes promesas que acabó ganando la única Liga Europea que posee.

En general, en la vida, “sentirse en casa” es sentirse cómodo, arropado, es sentir que estás en el lugar al que perteneces, aunque no es necesario que sea tu lugar de nacimiento. En el baloncesto, “jugar en casa” es una ventaja muchas veces decisiva, y la afición juega un rol importante, influyendo en el estado anímico de los protagonistas, los jugadores.

En los inicios de los noventa, con el re-estallido de la Guerra de los Balcanes, la FIBA decidió prohibir a los equipos de la zona que jugaban competiciones europeas celebrar sus partidos en territorio conflictivo. Esto obligó a los clubes a buscar un “refugio” donde jugar sus partidos internacionales. Aunque hubo varios ejemplos, nos centraremos en un exilio en concreto, el del Partizán de Belgrado, porque la idílica conexión con su afición de acogida y el final de esta historia, digno de película americana, deben ser recordados en la historia del deporte.

Fuenlabrada, felicidad recíproca

La humilde localidad del sur de Madrid fue el destino escogido por el equipo de la actual capital de Serbia para disputar los partidos europeos de la temporada 1991/92. El reciente estreno del pabellón Fernando Martín y la llegada de un equipo de gran nivel promovieron el baloncesto en la ciudad, que actualmente cuenta con un equipo en la primera división del baloncesto nacional. En esta relación bipartita se daba por hecho que los jugadores estarían agradecidos por la acogida, pero nadie esperaba una reacción tan positiva y multitudinaria por parte de Fuenlabrada.

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El boca a boca entre los vecinos de esta zona obrera de la periferia ayudó a que se empezase a admirar a esos muchachos que, de la mano del entrenador Obradovic, dejaban atrás a sus familias para poder seguir ejerciendo su profesión. Éstos se convirtieron en pioneros, casi sin quererlo, de un deporte que estaba eclipsado por el brillo del fútbol. Era un equipo joven, con ilusión y fuerza, que poco tardó en ganarse a un público empático y conocedor de la necesidad que tenían los deportistas de sentirse en casa aún a pesar de estar a tantos kilómetros de su país. El ejemplo más fehaciente de este apoyo tuvo lugar cuando el equipo yugoslavo se enfrentó al Joventut de Badalona y el pabellón animó sin dudarlo al equipo extranjero antes que al español, algo que no sentó del todo bien a la prensa nacional. El Partizán de Fuenlabrada avanzaba con paso firme en la máxima competición de clubes del viejo continente.

Baloncesto: aislamiento y desconexión

Para la plantilla del Partizán, poder participar en la Liga Europea y seguir jugando al baloncesto era un medio de aislamiento casi necesario. Los fantasmas de la guerra se quedaban fuera del parqué. Todos los jugadores necesitaban y merecían desconectar, pero más aún Ivo Nakic, que era el único jugador nacido en territorio croata dentro del equipo, algo que era una ofensa para el bando de Croacia, ya que el conflicto les enfrentaba a los serbios. Pero para los compañeros él era uno más.

Tras cinco meses jugando en España, el conjunto blanquinegro regresó a su pabellón para disputar la serie de cuartos de final frente al Knorr de Bolonia, al cual derrotaron en el último partido. Este resultado les clasificaba para la Final Four de Estambul, y les daba permiso para soñar con poner la guinda a la que, probablemente, fuese la temporada más extraña de sus carreras.

Un final feliz

Ya plantados en la final frente al Joventut, y tras un escorzo de Jofresa que puso a los españoles dos puntos por encima a falta de diez segundos, Djordjevic recibió el balón en su campo y se dispuso a subir la cancha. Me llama mucho la atención que en ningún momento levantó la cabeza, como si desde el inicio hubiese descartado la opción del pase, y supiera que él estaba destinado a ganar ese partido. Con la cabeza gacha y botando la bola con la mano derecha, el yugoslavo tardó poco en llegar a la zona de tiro. Defendido por un pasivo Jofresa, se levantó del suelo en una acción tan plástica como efectiva y consiguió anotar un triple que fulminó al Joventut y le dio el campeonato al Partizán.

Este fue el final soñado para un equipo que sufrió mucho esa temporada, y también para Fuenlabrada, una ciudad que puso su granito de arena, o su montón. Muchas estrellas salieron de ese equipo y triunfaron en distintos clubes más adelante, su entrenador Obradovic tiene ya ocho Euroligas. Pero estos cinco meses en los que, gracias a la empatía y solidaridad de una pequeña población obrera, consiguieron llegar a lo más alto, serán inolvidables para todos ellos.

@Rosadito14

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