La reina del deporte

A buen seguro que triunfar en un deporte concreto debe ser complejo. Imaginen cuando se trata de una larga lista. Entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX nació en Inglaterra una mujer con la capacidad para ganar, ganar y volver a ganar. Fuese cual fuese la modalidad. No está al alcance de muchos vencer en Wimbledon, triunfar en el British Open de Golf como si de Tiger Woods se tratase y subir al pódium olímpico a por una plata. El libro Guinness de los récords colaboró en todo esto y la nombró la deportista más versátil de la historia. Era Lottie Dod, y había nacido para marcar una época que aún perdura.

De familia rica, nunca tuvo que trabajar. Paso su adolescencia soltera, y ocioso, pero eso no hizo que perdiese el tiempo. Ni mucho menos. De tres hermanos. Cuesta creer como Lottie Dod ha caído en el olvido. Mejor deportista de su época y posiblemente de siempre. De niña demostró que se le daba bien el mundo musical. Al piano o al órgano. Pronto encontró que el deporte era su gran pasión. Que su padre construyera dos pistas de tenis en cada, favoreció y mucho lo que en años más tardes se convertiría Lottie. Con solo 11 años, ya jugó su primer torneo. Y las buenas críticas no tardaron en aparecer.

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Dos años más tarde empezó a cosechar títulos. Incluso derrotaba a gente mucho mayor que ella. Little Wonder. Solo 1, 52. Se anticipa al juego de su rival. Buen saque y gran juego desde el fondo de la pista. 1887 juega su primera Wimbledon. Arrasa. No cede un set y en la final vapulea a su rival 6-2 6-0. Con quince años y diez meses, era historia de la hierba inglesa. Lottie Lottie sonaba en la catedral del tenis. Era tal su nivel y su superioridad contra el resto que incluso jugó ante hombres. Eso sí, con dos puntos de ventaja cada juego. Aun así ganaba. Mucho tendría que ver en esto que en sus inicios, su hermano Tony, fuese su máximo rival. Estaba en la cima. Al año siguiente volvió a ganar Wimbledon. Parecía no tener techo. Pero se cansó. Decidió estar unos años sin competir al máximo nivel. Aún era una niña y como tal, tenía que disfrutar de ello. Siempre lo tuvo claro.

En 1891 regresó a las pistas. Más bien casi por obligación. De hecho, tan solo disputó Wimbledon. Y lo ganó. Con la sobriedad que acostumbraba. Un año después, volvería a repetir. Era muy superior al resto. Incluso lesionada, como ocurrió en 1983, volvió a reinar sobre la catedral del tenis mundial. Era su sueño. Ese que un infancia le había robado años atrás. Conseguir tres veces seguidas Wimbledon. A sus 21 años, ya era toda una leyenda del tenis. Todo eran elogios. Pero se aburrió. Invicta en Wimbledon y dejando margen de maniobra a sus rivales. Necesitaba nuevos retos.

Su próximo destino fue Saint-Maurice, en Suiza. Era una aventurera. Allí encontró el patinaje. Y como siempre, destacó. Consiguió la triple estrella, máximo rango de cualquier patinador, justo antes de interesarse por la escalada. Subió grandes montañas. Pero ya estaba satisfecha. Como siempre que lo estaba, abandonó. El cuerpo le seguía pidiendo competición. Era una simbiosis perfecta del deporte. Ella era deporte. Pasó por el ciclismo y el hockey hierba, donde defendió los colores nacionales en dos ocasiones. Pero de nuevo, se aburrió. Su superioridad era sinónimo de retirada, de saturación personal. El golf, era la próxima parada dentro del viaje que Dottie comenzó.

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Esta vez le costó más. No fue llegar y triunfar. El golf requiere horas de entrenamiento y perfección.Pero Dottie era perseverancia. Perseverancia y talento. Acabó aprendiendo. Ella misma manifestaba que lo más bonito de cualquier deporte era aprender a jugarlo. Y el golf no iba a ser una mueca en su culata. Como tantas otras veces, sobresalía sobre el resto. Cada golpe era certero, cada elección de palo era la apropiada. No había deporte que se le resistiese. Aunque tardase diez años en conseguirlo. Trece años estuvo pegada al verde. Al green y al swing. Pero no fue hasta 1904 cuando Dottie volvería a saborear las mieles del triunfo. Fue en el último hoyo. En el British. Allí  volvía a coronarse. Su deuda con el golf quedaba saldada. Todo esto no era suficiente para Dottie. Aún le quedaba algo por probar. Algo con lo que había estado en contacto en la infancia. Algo que la llevaría a subirse al pódium olímpico. En 1906 participó en su primera competición de tiro con arco. Quedo lejos de los primeros puestos. Eso no fue un problema. Dos años más tarde, y tras largas horas de entrenamiento, fue seleccionada para representar al Reino Unido en los Juegos Olímpicos de 1908. Era el summum de cualquier carrera deportiva y, como para Dottie no existían los imposibles, lo consiguió. Se proclamó subcampeona olímpica. Era una nueva hazaña. Como en tantas otras disciplinas, Dottie volvía a triunfar, a erigirse por encima del resto. Es la historia de su vida. Desde que con apenas nueve años jugaba al tenis en el jardín de su casa.

@Adrimariscal

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