Fernando Martín, pionero del baloncesto español

“¿Cómo no iba a jugar ese hombre en la mejor liga del mundo? Era un fuera de serie”. Mi abuelo, cómo acérrimo seguidor al baloncesto, siempre lo ha tenido claro. Y a buen seguro que compartía opinión con la mayoría de espectadores que vibraban cuando sonaba la bocina. Es curioso como alguien se convierte en leyenda después de morir. Durante la existencia se suelen reconocer unos méritos que se acrecientan cuando el tiempo dicta sentencia y decide poner fin a la vida de alguien. Somos así. De juzgar una vez está todo hecho. Y Fernando Martín, pionero y marca del baloncesto español a nivel mundial es un caso más de todo esto. Fue el primer jugador nacional en emigrar a Estados Unidos, el segundo europeo tras el búlgaro Glouchkov en enfrentarse al complejo reto que suponía una NBA totalmente profesionalizada y que el grosso de jugadores europeos veía como una utopía.

Ahí está la diferencia. Fernando Martín era totalmente opuesto al resto de baloncestistas. Parecía flotar dentro de la cancha. Y eso, que desde bien pequeño destacó en muchas otras disciplinas. Al final se decantó por el baloncesto. Afortunadamente para un deporte a que a nivel nacional que seguro no sería lo mismo sin él. Verle jugar evocaba a la reminiscencia del mayor de los placeres. Marcó un camino, una escenografía que hoy en día nos parece lo más normal del mundo. Había que ser muy bueno para jugar en la NBA en aquellos tiempos.

Sus dos metros y cinco centímetros de altura le hacían una pesadilla para los defensores rivales jugando como cuatro. Tenía una figura que imponía, se sabía mejor que sus rivales y los desafiaba balón mediante. El resto era cosa de su talento, de la magia que desprendía, del aroma a que iba a suceder algo distinto cuando cogía la pelota. Tenía unas condiciones innatas para esto y Estudiantes anduvo rápido y le echó el lazo. Fue su primer club, con el que debutó en la ACB y un tiempo más tarde en la Copa del Rey. La leyenda había comenzado a fraguarse.

No cambió de ciudad. El Real Madrid no dudo en hacerse con sus servicios y Fernando Martín comenzó a desplegar todo el potencial que tenía en la entidad blanca. Fueron cinco años de superioridad, de darse a conocer en un viejo continente que seguía muy de cerca las evoluciones de un cuatro que con su agilidad y su rapidez de piernas dominaba dentro y fuera de la pintura. Cuatro títulos ligueros, tres copas del Rey y un subcampeonato en 1985 de la ya antigua copa de Europa de baloncesto. Entre medías, su reconocimiento a nivel mundial. La plata olímpica en los JJOO de Los Ángeles con los Romay, Corbalán, Iturriaga y compañía.

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 A pesar de ser seleccionado en el draft un año antes por los Nets, Fernando Martín hizo las  maletas un año después. Puente directo Madrid-Portland para aterrizar en los Trail  Blazers en 1986. Había alcanzado la cúspide. Su presente era una realidad que se había  ganado en el parqué. Una realidad, un sueño que desde un principio se fue convirtiendo en  pesadilla. Su superioridad física en Europa era el menor argumento del más vulgar de los  jugadores en la NBA. Las lesiones y la falta de adaptación a su nueva posición, tuvo que jugar de alero, hicieron el resto. El sueño terminó pronto. Fue un único año donde apenas disputo veinticuatro encuentros. España y la capital esperaban el regreso del gran Fernando. Aquí, seguía manteniendo ese estatus. Volvió a enfundarse el blanco impoluto del Real Madrid, récord en cuanto a lo cobrado en su contrato mediante, en una época donde el Barcelona de Norris comenzaba a emerger y hacer sombra al gigante blanco. Allí coincidió con Petrovic, cosas del destino. No eran amigos. Simplemente compartían vestuario. Ellos mismos lo declararon. Ya habían tenido varias disputas cuando el croata defendía la camiseta de la Cibona de Zagreb. Pero la vida es caprichosa y quiso que dos talentos, dos vidas paralelas, terminaran de la misma manera.

Corría un tres de diciembre de 1989. Nada parecía fuera de la normalidad. Ese día Fernando Martín tenía que apoyar a sus compañeros desde la grada, e iba camino de ello. Fue su último viaje. Su vehículo colisionó contra otro al saltar la mediana y fallecía. El mundo del deporte español quedó conmocionado. Nadie podría creérselo. El hasta entonces considerado mejor jugador español de la historia ya nunca más pisaría una cancha. Nadie luciría el dorsal 10 en la elástica del Real Madrid. Fernando Martín ya era eterno. Y con razón.

Su historia sirvió de ejemplo. Para tomar una senda que ahora se recorre con relativa facilidad si las cualidades te acompañan. Pero en ese entonces había que tener algo diferente, distinto al resto. Fernando Martín lo tenía. Ya me lo decía mi abuelo cuando yo empezaba a tener constancia de esto: “de verdad, era una brutalidad. Lo mejor que he visto. Daba la sensación de poder ganar partidos él solo”. Dio la vuelta al mundo en busca de un sueño que logró cumplir. Él cambió el destino del baloncesto español. Su historia y su futuro. Sin saberlo, había logrado mucho más que hacer vibrar a mi abuelo cada vez que saltaba al parqué. Se convirtió en un ídolo, en una leyenda que aún vive a día de hoy.

@Adrimariscal

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